Hay algo que empieza a hacerse evidente —y preocupante— en la Argentina de hoy: no solo hay un problema económico, hay un problema de diagnóstico. Y cuando falla el diagnóstico, todo lo que viene después también falla.
Porque se puede discutir cualquier modelo económico. Se puede discutir el ajuste, el equilibrio fiscal, la apertura de la economía. Todo eso es legítimo. Lo que no se puede discutir es la realidad. Y mucho menos negarla.
Hoy el eje del problema es el empleo. No como consigna política, no como slogan, sino como dato concreto que empieza a aparecer con fuerza en la vida cotidiana. Fábricas que cierran, comercios que bajan la persiana, trabajadores que pasan de empleos formales a la informalidad o directamente quedan afuera del sistema.
Durante meses hubo una duda razonable: si el ajuste iba a impactar en la cantidad de empleo o en la calidad del empleo. Es decir, si iba a haber más desocupación o simplemente más precarización. Bueno, los datos empiezan a mostrar que ambas cosas están ocurriendo.
Sube la desocupación. Crece la informalidad. Se pierden puestos de trabajo registrados. Y, al mismo tiempo, cada vez más personas compiten por menos oportunidades.
La imagen de más de 700 personas haciendo fila bajo la lluvia por apenas nueve puestos de trabajo no es una anécdota: es un síntoma. Es la expresión concreta de un mercado laboral que se está tensionando.

Ahora bien, frente a esto aparece un segundo problema, igual o más grave: la negación. Funcionarios que, en lugar de reconocer la situación, la relativizan o directamente la contradicen con interpretaciones forzadas de los datos.
Y acá hay un punto clave: no es solo una discusión técnica. No es un debate entre economistas. Es una cuestión de responsabilidad política.
Si quien tiene que resolver un problema parte de la base de que ese problema no existe, o que está exagerado, o que en realidad es otra cosa, entonces la consecuencia lógica es que no solo no lo va a resolver, sino que probablemente lo agrave.
La Argentina ya pasó por esto. No es nuevo. Cada vez que el empleo deja de ser una prioridad en la cabeza de quienes gobiernan, el resultado termina siendo el mismo: más desocupación, más precariedad, más angustia social.
Y eso después se traduce en algo más profundo: en el humor social. Empieza a crecer la frustración, la incertidumbre, la sensación de que el futuro es peor que el presente. Y ahí es donde la economía deja de ser una planilla de Excel y pasa a ser un problema político de primer orden.
Porque cuando el trabajo falta o se vuelve inestable, todo lo demás se resiente: el consumo, la expectativa, la cohesión social.

Por eso el debate no debería ser si el modelo es más o menos ortodoxo. El debate debería ser si ese modelo incorpora, o no, al empleo como variable central.
Se puede ordenar la macroeconomía, sí. Pero si ese orden se construye sobre la pérdida de trabajo o la degradación de las condiciones laborales, el costo social termina siendo muy alto.
Y hay otro elemento que tampoco ayuda: la manipulación o el uso selectivo de los datos. Cuando las cifras cambian según quién las diga o cómo se las presente, se pierde algo fundamental: la confianza.
Sin confianza en los números, no hay discusión seria posible. Y sin discusión seria, no hay solución.
La Argentina enfrenta un problema real. Se ve en los indicadores, pero sobre todo se ve en la calle. Y lo que más preocupa no es solo la magnitud del problema, sino la dificultad para reconocerlo.
Porque el primer paso para resolver cualquier crisis es admitir que existe.
Lo demás, viene después.

