La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana. Está entre nosotros, transformando profesiones, empresas, universidades y hasta la manera en que pensamos el futuro. Y en medio de esa revolución tecnológica, hay una pregunta que inquieta a millones de familias: ¿qué deben estudiar hoy los jóvenes para no quedarse afuera mañana?
Ayer entrevistamos al presidente del Parque Arauco La Rioja, Ariel Parmigiani, quien nos comentaba cómo la provincia está apostando a las energías renovables y que son un presente caliente en función de la gran demanda de profesionales para estas áreas. Es por ello que no podemos limitar la formación profesional en carreras clásicas, sino apostar a las nueva tecnologías y en el caso de La Rioja, la urgencia de formar líderes que puedan ubicarse en ese tan preciado nicho tecnológico.
Un reciente artículo del diario The Wall Street Journal reunió las opiniones de ejecutivos y especialistas líderes en inteligencia artificial. Personas que trabajan en empresas que están diseñando justamente las tecnologías que cambiarán el mercado laboral global. Y lo más interesante no fue el miedo que expresaron, sino el consejo que les dan a sus propios hijos: no les dicen que estudien solamente programación, ni que se conviertan en máquinas de producir datos. Les hablan de pensamiento crítico, creatividad, empatía, ética, capacidad de adaptación y formación humanística.
Es decir, mientras el mundo tecnológico avanza a una velocidad impresionante, los propios arquitectos de la inteligencia artificial advierten que el futuro no se construirá únicamente con algoritmos. Harán falta personas capaces de interpretar la realidad, comprender contextos sociales, tomar decisiones humanas y pensar de manera compleja.
Y ahí aparece una enorme contradicción argentina.
Porque mientras el mundo desarrollado discute cómo fortalecer las capacidades humanas frente al avance de la inteligencia artificial, en nuestro país se sigue ajustando sobre la educación pública, sobre la universidad y sobre el sistema científico. Se recortan presupuestos, se congelan salarios docentes y se desfinancian áreas estratégicas que justamente son las que permitirían preparar a las nuevas generaciones para este nuevo escenario global.
No se trata solamente de computadoras o de conectividad. Se trata de defender el acceso al conocimiento. Porque ningún país puede discutir el futuro tecnológico si sus docentes cobran salarios de pobreza, si las universidades no llegan a fin de mes o si los investigadores abandonan el país por falta de oportunidades.
La situación en La Rioja también refleja esa tensión. En una provincia donde históricamente la educación pública fue una herramienta de movilidad social, hoy muchas instituciones sobreviven con enormes dificultades. Las universidades nacionales enfrentan problemas presupuestarios, las escuelas sostienen actividades gracias al esfuerzo cotidiano de docentes y directivos, y miles de jóvenes siguen apostando a estudiar aun cuando el horizonte económico parece cada vez más incierto.
Y sin embargo, hay algo profundamente valioso en esa resistencia.
Porque cuando una sociedad defiende la educación pública, no está defendiendo solamente edificios o salarios. Está defendiendo la posibilidad de que un chico del interior riojano pueda competir en igualdad de condiciones con cualquier joven del mundo. Está defendiendo soberanía, desarrollo y futuro.
La inteligencia artificial probablemente cambiará millones de trabajos. Pero hay algo que sigue siendo profundamente humano: la capacidad de educar, de formar ciudadanía, de construir pensamiento crítico y de generar comunidad. Y eso no puede hacerlo una máquina.
Por eso, en tiempos donde algunos presentan a la educación pública como un gasto, quizás haya que recordar algo esencial: los países que abandonan sus universidades y sus escuelas no ingresan al futuro; quedan condenados a depender del conocimiento producido por otros.
Y la verdadera discusión de fondo no es tecnológica. Es política. Porque el futuro no lo decidirán solamente los algoritmos. Lo decidirán las sociedades que elijan —o no— invertir en educación.

