Las noticias falsas ya no son simples rumores de pasillo. Hoy se producen de manera industrial, con trolls pagos que operan en redes sociales y plataformas digitales con un objetivo claro: sembrar dudas, erosionar la confianza ciudadana y poner en tela de juicio la honorabilidad de personas que ejercen funciones públicas. La IA, capaz de generar textos verosímiles, imágenes manipuladas y hasta audios falsos, ha multiplicado el alcance y la velocidad de estas campañas de desinformación.
Los ejemplos abundan y no son abstractos. En la provincia de La Rioja, la actual administradora de la obra social APOS, Claudia Ortiz, fue blanco de versiones infundadas que circularon sin sustento, afectando no solo su imagen personal sino también la credibilidad de una institución clave para la sociedad. Del mismo modo, se repite cíclicamente la falsa noticia de supuestos bonos extraordinarios para empleados públicos, aun cuando el propio gobernador y otras autoridades han salido reiteradas veces a desmentirlo, explicando con claridad que no existen recursos para ese fin. A esto se suman prácticas aún más graves, como la difusión de imágenes falsas o manipuladas de familiares de funcionarios, cruzando límites éticos elementales.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí más sofisticado. Como advertía Marshall McLuhan, “el medio es el mensaje”: las plataformas digitales no solo transmiten contenidos, sino que moldean la forma en que los percibimos. La lógica del clic rápido, la indignación instantánea y la viralización sin verificación crean un terreno fértil para la mentira. A su vez, la teoría del agenda setting nos recuerda que no siempre se trata de decirle a la gente qué pensar, sino sobre qué pensar. Las fake news instalan temas falsos o distorsionados que desplazan debates realmente importantes.
Frente a este escenario, la responsabilidad de los comunicadores serios es central. El periodismo y la comunicación institucional no pueden competir con la desinformación desde la misma lógica del ruido y la urgencia. Autores como Jürgen Habermas han defendido la idea de una esfera pública basada en el diálogo racional y el respeto por los hechos verificables. Recuperar esa premisa implica volver a las fuentes, contextualizar la información, chequear datos y resistir la tentación de amplificar lo falso, incluso para desmentirlo sin cuidado.
La reflexión final es inevitable: la tecnología no es neutral, pero tampoco es el enemigo. La IA puede ser una aliada para detectar noticias falsas, rastrear operaciones coordinadas y mejorar la transparencia. Sin embargo, ninguna herramienta reemplaza la ética profesional y el compromiso con la verdad. En una democracia, comunicar no es solo informar; es también cuidar el tejido social. Y esa tarea, hoy más que nunca, nos interpela a todos.
