La política suele ofrecer señales tempranas de las crisis. A veces aparecen en una votación perdida, en una renuncia inesperada o en una corrida financiera. Otras veces, el síntoma se manifiesta en algo aparentemente menor: una cuenta anónima en redes sociales, una filtración interna, una operación digital entre dirigentes del mismo espacio. Pero cuando el fuego empieza a salir desde adentro, el problema deja de ser anecdótico y pasa a ser estructural.
Eso es lo que hoy ocurre en el gobierno de Javier Milei. La feroz pelea entre el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, y el poderoso asesor presidencial Santiago Caputo dejó al descubierto algo mucho más profundo que una simple interna palaciega. Expuso una lucha descarnada por el control del poder, de la comunicación y del futuro político del oficialismo.
El episodio de la cuenta “Periodista Rufus” en X funcionó como una bomba política. Desde el entorno de Caputo aseguraron haber detectado vínculos entre ese usuario anónimo y sectores cercanos a Menem. El resultado fue inmediato: acusaciones cruzadas, operaciones digitales, eliminación de cuentas y un festival de fuego amigo que terminó explotando en el corazón mismo de La Libertad Avanza.
Lo más grave no es la existencia de trolls o cuentas anónimas. Eso ya forma parte del paisaje político argentino contemporáneo. Lo verdaderamente alarmante es que el gobierno que llegó prometiendo terminar con “la casta” hoy parece devorado por las mismas prácticas de espionaje interno, operaciones mediáticas y disputas intestinas que históricamente criticó.
La pelea tiene además un trasfondo más delicado: el reparto del poder real. Por un lado aparece el esquema político de Karina Milei y Martín Menem, enfocado en la construcción territorial y el armado electoral. Del otro, el núcleo duro de Santiago Caputo, que controla la narrativa digital, la estrategia comunicacional y buena parte del músculo político invisible del gobierno.
Y cuando un gobierno empieza a discutir más quién maneja Twitter que cómo resolver los problemas de la economía, la inseguridad o el deterioro social, es porque el proyecto empieza a correrse de sus prioridades originales.
El problema para Milei es que esta guerra ocurre mientras intenta sostener una imagen de liderazgo fuerte y cohesionado. Pero la realidad empieza a mostrar otra cosa: ministros enfrentados, operadores cruzándose acusaciones, reuniones políticas suspendidas y sectores del oficialismo actuando como facciones en disputa permanente.
Toda experiencia política necesita un enemigo externo para consolidarse. Pero cuando las batallas principales empiezan a darse dentro del propio gobierno, aparece el riesgo de la autodestrucción. Y la historia argentina está llena de ejemplos donde las internas terminaron erosionando más rápido que la oposición.
La gran pregunta es si Javier Milei todavía conduce ese proceso o si se convirtió en árbitro de una guerra entre grupos que pelean por quedarse con el control del poder libertario. Porque mientras el Presidente intenta volver a hablar de economía y dar clases universitarias para recuperar agenda pública, el oficialismo exhibe un desgaste prematuro que ya no puede ocultarse detrás de los hashtags.
En política, las crisis rara vez empiezan con estruendo. Muchas veces comienzan con una cuenta anónima, una sospecha y una interna mal contenida. El problema es que, cuando el incendio avanza desde adentro, suele ser mucho más difícil apagarlo.

