Ayer, 6 de agosto, se cumple un nuevo aniversario del bombardeo de Hiroshima. Ochenta años después, el mundo vuelve a mostrarnos que cuando el poder se ejerce sin límites, quien paga el precio es siempre la gente común. Y aunque parezca lejano, ese mismo patrón —el atropello disimulado, la pérdida de soberanía paso a paso— también se juega hoy en nuestra propia tierra riojana.
En el Senado de la Nación se debate estos días un proyecto que, bajo el nombre de «inviolabilidad de la propiedad privada«, en realidad busca flexibilizar los límites a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. Se habla de porcentajes, de hectáreas, de reservas estratégicas. Números que en un despacho legislativo pueden sonar abstractos. Pero en La Rioja tenemos un nombre y un lugar que le pone rostro a esa abstracción: Valle Hermoso.
Allí, un ciudadano estadounidense adquirió lo que hasta hace poco era, prácticamente, un pueblo entero. No un campo, no un puñado de hectáreas productivas: un pueblo, con su historia, sus vecinos, su identidad. Y ese caso no es una anécdota aislada, es una advertencia. Porque cuando la ley nacional discute si el límite debe ser el 15% o el 5% del territorio en manos extranjeras, en la práctica ya estamos viendo qué significa eso en el terreno: comunidades enteras que pasan a depender de la voluntad de un propietario que vive a miles de kilómetros, que no tiene arraigo, que no comparte destino con quienes viven alrededor.
La discusión no es contra la inversión extranjera. Nadie en su sano juicio se opone a que lleguen capitales que generen trabajo y desarrollo. La discusión es sobre qué tierras, en qué condiciones, y con qué controles. Porque no es lo mismo una empresa que invierte en producción y arraiga capital, que la compra silenciosa de territorios estratégicos —costas, cordilleras, cuencas hídricas, o directamente pueblos— por parte de quien solo busca resguardar su patrimonio o especular con el valor futuro de la tierra.
Valle Hermoso debería ser, para los riojanos, un caso de estudio y una alarma. Si a nivel nacional se debilitan los controles sobre la extranjerización de tierras, provincias como la nuestra, con enorme extensión territorial y baja densidad poblacional, quedan mucho más expuestas. No hace falta imaginar escenarios lejanos: ya lo estamos viviendo.
La soberanía no se pierde de un día para el otro, con una invasión o un tratado firmado bajo presión. Se pierde de a poco, con cada pueblo que cambia de dueño, con cada extensión de territorio que deja de tener un vecino que decide sobre ella. La política nacional discutirá porcentajes en el Congreso. Pero acá, en La Rioja, ya sabemos lo que significa cuando esos porcentajes se convierten en un pueblo entero con nuevo propietario.
Es momento de que la dirigencia riojana, sin distinción de banderías, ponga este tema arriba de la mesa. Porque lo que está en juego no es solo tierra: es la posibilidad de seguir siendo dueños de nuestro propio destino.



