Si tuviéramos que resumir en una palabra la semana que termina para el gobierno de Javier Milei, esa palabra sería retroceso. No hubo un solo traspié, hubo una sucesión de ellos, y todos apuntan en la misma dirección: la de un gobierno que plantea reformas con máxima ambición y termina negociando a la baja, capítulo por capítulo, artículo por artículo.
Empezó mal, con la marcha atrás en el Decreto 690. La desregulación portuaria que impulsaba Sturzenegger chocó con la resistencia de los prácticos, esos profesionales que guían a los buques en su ingreso a los puertos, y el gobierno tuvo que dar marcha atrás. Consiguió, sí, bajar la tarifa un 20%, pero la medida central no prosperó.
Después vino algo más de fondo: la reacción social frente a lo que se presentó como una ley de «inviolabilidad de la propiedad privada» y que en el fondo habilitaba la extranjerización de la tierra sin límites. La respuesta fue transversal, cruzó grietas ideológicas, y obligó al oficialismo a fijar un tope del 25% del territorio para adquisición extranjera. Ya no era la ley que habían soñado.
Y todavía faltaba lo peor. Ayer, cuando finalmente lograron la aprobación por 37 votos contra 33, tuvieron que resignar también el capítulo de manejo del fuego, aquel que permitía emprendimientos inmobiliarios en tierras donde se habían quemado bosques implantados o zonas protegidas como humedales. Un capítulo que, sin demasiado eufemismo, premiaba a quien incendiaba. También eso quedó afuera.
¿Qué les quedó, entonces? La aceleración de los desalojos y mayores trabas para que el Estado pueda expropiar tierras por razones de interés público. Un tercio de lo que habían planteado originalmente, y a un costo político altísimo. Como decían ayer con ironía: de la ley de inviolabilidad, les quedó «invio». Cómo dijo Mayans.
A este cuadro hay que sumarle la inflación de la Ciudad de Buenos Aires, que marcó 2,9% y encendió otra alarma. Y el malestar creciente de millones de argentinos endeudados, un tema que el propio obispo García Cuervas puso sobre la mesa esta semana, reclamando protección para las familias que no llegan a fin de mes.
No es casualidad que en medio de todo esto la imagen presidencial siga cayendo. Y a esa foto hay que agregarle el affaire con Brasil: si la apuesta era debilitar a Lula, como pretende Donald Trump, las últimas encuestas muestran el efecto contrario. Lula recuperó terreno frente a Flavio Bolsonaro, y hasta analistas críticos del propio Lula coinciden en el diagnóstico: cuando atacan desde afuera, el respaldo interno se fortalece, no se debilita.
Todo esto tiene un hilo conductor que empezó, no lo olvidemos, con aquella bandera de Malvinas en el partido contra Inglaterra en el Mundial. El gobierno cruzó una línea en materia de soberanía, y hubo funcionarios que llegaron a decir que vender un pueblo, o una provincia, «está todo bien». Para la gente, claramente, no está todo bien. Y esta semana se lo hizo saber, con hechos, en el Congreso y en la calle.



