Diciembre vuelve a ocupar, una vez más, un lugar simbólico en la historia argentina. No por casualidad: es el mes en el que confluyen el cansancio del año, la frustración acumulada y la crudeza de las desigualdades. Así ocurrió en 2001 con el estado de sitio, y en 2017 con la reforma previsional. Hoy, sin embargo, el país no atraviesa un estallido social clásico. Lo que emerge es algo distinto, más silencioso y devastador: una implosión personal que se multiplica en las sombras.
El caso del granadero Rodrigo Gómez, fallecido en la Quinta de Olivos tras dispararse con su arma, funciona como un símbolo brutal. No solo por la cercanía física con la figura presidencial, sino porque su carta —según trascendió— hablaba de deudas, de ahogo económico, de una presión imposible de sostener. Lejos de ser un hecho aislado, su muerte expone una realidad estructural que atraviesa a millones de argentinos.
Las cifras oficiales son contundentes. En 2024 se registraron 4.249 suicidios en el país, lo que convierte a la muerte autoinfligida en la principal causa de muerte violenta, por encima de los siniestros viales y muy lejos de los homicidios. En promedio, una persona se suicida cada dos horas y pocos minutos. A esto se suma un dato aún más alarmante: alrededor de 22 personas por día intentan quitarse la vida, lo que revela una crisis de salud mental profunda y extendida.
Sin embargo, este drama no ocupa el centro de la agenda pública. Mientras los noticieros se saturan de robos, choques y episodios de inseguridad, el sufrimiento psíquico permanece invisibilizado, a pesar de ser mayoritario. La morbilidad muestra que por cada suicidio consumado hay múltiples intentos previos, lo que subraya la urgencia de una política de prevención que hoy brilla por su ausencia.
Las causas no son abstractas. El deterioro de las condiciones de vida aparece como un factor central. Durante la actual gestión, cerraron en promedio 30 empresas por día y se perdieron más de 276.000 empleos registrados. A esto se suma un crecimiento explosivo del endeudamiento: la morosidad bancaria familiar alcanzó el nivel más alto en 15 años; el impago en tarjetas de crédito se triplicó en apenas doce meses; y uno de cada diez argentinos con crédito bancario no puede pagar sus cuotas. En el sector no bancario, la situación es todavía peor.
La deuda dejó de ser una herramienta de progreso para convertirse en una estrategia de supervivencia. Pagar el mínimo de la tarjeta, postergar servicios, encadenar préstamos: así se sostiene el día a día de una mayoría que vive bajo estrés financiero permanente.
Mientras esta presión se acumula, el sistema de salud mental se retrae. El presupuesto destinado al área representa apenas el 1,6 % del gasto en salud, muy lejos del 10 % establecido por la Ley Nacional de Salud Mental. Programas clave de prevención del suicidio y asistencia a víctimas de violencia sufrieron recortes reales superiores al 90 %. El intento de vaciamiento del Hospital Laura Bonaparte fue una señal clara de esta orientación, al igual que la desregulación del mercado de medicamentos y el encarecimiento de la medicina prepaga, que expulsaron a miles de personas del sistema privado hacia un sector público ya colapsado.
Hoy, tres de cada diez adultos presentan síntomas de ansiedad o depresión. Y lejos de mejorar, el panorama amenaza con agravarse: el presupuesto 2026, pese a un aumento nominal en salud, proyecta recortes reales en áreas clave, como los hospitales universitarios, que absorben gran parte de la atención de alta complejidad y salud mental en el área metropolitana.
En este contexto, la pregunta inevitable es por qué no hay un estallido social. La respuesta parece estar en la falta de representación y de alternativas políticas creíbles. La CGT, históricamente un actor central, representa hoy a apenas un tercio de los trabajadores. Los movimientos sociales, debilitados por la represión, la judicialización y la bancarización directa de los planes, han perdido capacidad de movilización. El malestar existe, pero está fragmentado y desorganizado.
Sin organizaciones que canalicen el conflicto, el riesgo no es la protesta masiva sino la soledad del padecimiento. La historia muestra que las grandes explosiones sociales suelen comenzar con implosiones individuales. La Primavera Árabe tuvo su punto de partida en un solo acto desesperado. La Argentina, por ahora, sigue otro camino: el del silencio, el endeudamiento y el sufrimiento íntimo.
Entre la implosión personal y el estallido social existe una tercera vía: la construcción de una esperanza política. Esa tarea recae, inevitablemente, en una oposición que aún no logra ofrecer una salida clara. Mientras tanto, las muertes se acumulan y el tiempo corre.
Al terminar de leer esta editorial, probablemente otra persona haya intentado quitarse la vida y alguien más lo haya logrado. No es una consigna, es una estadística. Ignorarla no la hace desaparecer. Nombrarla, visibilizarla y exigir respuestas es, quizás, el primer paso para salvar las vidas que todavía pueden salvarse.

