La situación que atraviesa Venezuela, en el marco de la política exterior de Estados Unidos y del reordenamiento geopolítico global, exige una mirada profunda, incómoda y honesta.
La crisis venezolana ya no puede leerse únicamente en clave interna. Aunque las fracturas del chavismo y las debilidades de la oposición han sido determinantes durante años, hoy el factor decisivo se encuentra fuera de sus fronteras, específicamente en Washington. La intervención de Estados Unidos —directa, sin disfraces retóricos y sin la habitual coartada democrática— expone un cambio de época. Donald Trump lo dijo sin rodeos: el interés es el petróleo. No habló de derechos humanos ni de elecciones libres. Habló de negocios, de poder y de ganancia.
Esta franqueza brutal no es un exabrupto aislado, sino el reflejo de una transformación más profunda. La derecha que hoy gana espacio en el mundo ya no siente la necesidad de disimular. La política exterior estadounidense aparece atravesada por disputas internas: un sector neoconservador encabezado por Marco Rubio, que impulsa el cambio de régimen; un ala “America First” que acepta intervenir si hay amenazas como el narcotráfico; y el núcleo duro del movimiento MAGA, reacio a guerras largas y a bajas propias. Trump, como negociador pragmático, se mueve por encima de todos, decidiendo según conveniencia e interés inmediato.
Venezuela, en este contexto, funciona como un laboratorio. Un “ensayo general”, como se dijo, de un mundo donde las reglas ya no importan. La intervención fue quirúrgica, eficaz y con un objetivo central: evitar muertos estadounidenses. No por razones humanitarias, sino por cálculo político interno. Las imágenes de víctimas venezolanas existen, pero circulan poco. Hay un pacto tácito de invisibilización del sufrimiento, porque mostrar los cuerpos despedazados incomoda, dificulta negociaciones y genera rechazo social.
Este escenario no legitima nuevas agresiones: simplemente deja al descubierto una realidad previa. Rusia no necesitó permiso para avanzar sobre Ucrania; Israel expande asentamientos desde hace décadas; China observa Taiwán. Lo que se derrumba es la ficción del derecho internacional como árbitro. Las organizaciones multilaterales —ONU, OMC, incluso la Unión Europea— aparecen vaciadas de poder real. El multilateralismo del siglo XX ha sido sustituido por la ley del más fuerte y la lógica de las esferas de influencia, con un preocupante retorno a la adquisición territorial propia del siglo XIX.
América Latina también queda expuesta. La región fracasó no por falta de instituciones, sino por ausencia de poder y voluntad política. Brasil, y en particular Lula, tenía la capacidad de presionar a Maduro para evitar este desenlace, pero no lo hizo con la contundencia necesaria. México juega su propio juego, Colombia carece de peso suficiente, y el resto observa con impotencia. El resultado es claro: otros deciden por Venezuela.
En este tablero, todos parecen ganar algo —Estados Unidos, las petroleras, la burocracia chavista sin Maduro— excepto el pueblo venezolano y quienes apostaron por una salida democrática. María Corina Machado queda desplazada; la transición se diluye en promesas; las elecciones se postergan indefinidamente. El futuro se fragmenta en etapas hipotéticas que pueden ser plan o simple excusa.
Venezuela no es solo una tragedia nacional. Es un espejo del mundo que viene: más crudo, más desigual, menos regulado y profundamente cínico. Entenderlo no implica aceptarlo, pero sí dejar de engañarnos.
