lunes, septiembre 7, 2026
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EDITORIAL | Conectividad soberana o dependencia satelital

Hay debates que suelen presentarse como cuestiones técnicas, pero que en realidad esconden decisiones profundamente políticas.

Uno de ellos es la conectividad.

Porque detrás de una antena, una fibra óptica, un satélite o un servidor hay una pregunta mucho más importante: ¿quién controla la infraestructura que permite que una sociedad se comunique, eduque, produzca y acceda a la información?

La discusión que hoy se abre en La Rioja a partir de la llegada de antenas de Starlink a escuelas rurales no debería reducirse a una pelea entre quienes están a favor o en contra de Elon Musk. El problema es bastante más profundo.

La verdadera discusión es si la conectividad debe ser considerada un derecho garantizado por el Estado o una prestación que queda subordinada a las condiciones comerciales de una empresa privada.

Y La Rioja tiene, en ese terreno, una experiencia concreta para mostrar.

Desde hace una década, la provincia viene construyendo una política pública de conectividad a través de Internet para Todos y La Rioja Telecomunicaciones. Según los datos difundidos por la provincia, la red alcanza a más del 84% de los hogares riojanos, supera los 101.500 clientes y brinda conectividad gratuita a más de 8.000 hogares rurales.

Catorce de los dieciocho departamentos cuentan ya con fibra óptica y el objetivo declarado es alcanzar una red provincial completamente desplegada con esa tecnología.

Hay un dato especialmente relevante: esta infraestructura fue desarrollada con financiamiento propio desde 2015, articulando además con ARSAT y otros organismos públicos.

Es decir, existe una infraestructura.

Existe experiencia.

Existen trabajadores.

Existe una red.

Y existe, además, una definición política incorporada a la Constitución provincial: la conectividad es un derecho.

Por eso la pregunta inevitable es: si existe una política pública destinada a garantizar ese derecho, ¿qué ocurre cuando el Estado nacional decide promover como solución para las zonas rurales una infraestructura privada extranjera?

STARLINK NO ES EL PROBLEMA. EL PROBLEMA ES DEPENDER DE STARLINK

Conviene hacer una distinción.

La tecnología satelital no es mala. Por el contrario: puede ser una herramienta extraordinariamente útil para llegar a lugares donde resulta difícil o demasiado costoso desplegar fibra óptica.

El problema aparece cuando una tecnología complementaria comienza a presentarse como sustituto de las capacidades propias.

Starlink puede ser una solución para determinados establecimientos aislados.

Pero una política de Estado no debería preguntarse únicamente qué tecnología permite conectar más rápido, sino también quién controla esa tecnología, bajo qué reglas, cuánto cuesta y qué ocurre si mañana cambia la decisión empresarial.

Ahí aparece la cuestión de la soberanía tecnológica.

Una red pública, aun con sus limitaciones y problemas, está sometida a decisiones políticas y administrativas que pueden ser discutidas, auditadas y modificadas dentro del sistema institucional argentino.

Una empresa privada extranjera responde, en última instancia, a sus accionistas, a sus contratos, a sus regulaciones y a sus propias decisiones empresariales.

Eso no convierte automáticamente a Starlink en una amenaza.

Pero sí significa que no puede ser considerada equivalente a una infraestructura pública nacional o provincial.

EL DATO MÁS IMPORTANTE NO ES LA VELOCIDAD

Cuando se habla de conectividad, casi siempre se habla de megas.

Pero una política pública debería hablar también de continuidad, costos, cobertura, datos, seguridad y autonomía.

Según el planteo realizado por la Secretaría de Gestión Educativa de La Rioja, el esquema propuesto para las escuelas rurales contempla un límite de utilización de datos de 5 terabytes por establecimiento, mientras que la infraestructura pública vinculada a ARSAT ofrece alternativas sin ese esquema de tope de consumo.

Si una escuela rural desarrolla clases virtuales, utiliza plataformas educativas, descarga contenidos audiovisuales, realiza videoconferencias y sostiene proyectos digitales durante todo el año, el límite de consumo deja de ser una cuestión técnica y pasa a ser una cuestión pedagógica.

Porque una escuela no puede funcionar con la lógica de un teléfono celular al que hay que preguntarle cuánto saldo le queda.

La educación necesita continuidad.

Y la continuidad necesita infraestructura.

¿QUÉ PASA CON LOS DATOS?

Hay otra cuestión todavía más delicada: la privacidad.

Las escuelas no transmiten solamente información administrativa.

También manejan datos de estudiantes, docentes, familias, evaluaciones, comunicaciones institucionales y actividades pedagógicas.

Por eso es legítimo preguntarse dónde circulan esos datos, qué legislación los protege, qué información puede recopilar el prestador y qué jurisdicción resulta aplicable ante un conflicto.

No se trata de afirmar que cada dato que pasa por una red satelital extranjera queda automáticamente expuesto.

Se trata de algo más elemental: cuando una infraestructura crítica depende de una compañía sometida a otra jurisdicción, el Estado argentino tiene menos capacidad de decisión que cuando esa infraestructura está bajo control nacional.

Y en el siglo XXI, los datos son un activo estratégico.

EL CASO UCRANIANO DEJÓ UNA ADVERTENCIA

La discusión tampoco es completamente teórica.

Starlink se convirtió durante la guerra de Ucrania en una pieza estratégica de las comunicaciones y quedó demostrado que las decisiones de su propietario podían tener consecuencias que excedían ampliamente una relación comercial convencional.

Eso debería servir como advertencia.

Si una red satelital privada puede adquirir semejante importancia en un conflicto geopolítico, entonces estamos hablando de algo más que de una empresa que vende internet.

Estamos hablando de infraestructura estratégica.

Y cuando una infraestructura estratégica queda concentrada en manos de una corporación privada extranjera, la pregunta sobre soberanía deja de ser ideológica.

Se vuelve concreta.

EL CONTRASTE RIOJANO

La Rioja puede discutir muchas cosas sobre su política de conectividad.

Puede discutir costos, eficiencia, calidad del servicio, inversiones pendientes o velocidad de expansión.

Pero hay algo que no puede desconocerse: la provincia decidió construir una infraestructura propia en lugar de esperar que el mercado resolviera por sí solo la brecha digital.

Y esa decisión tiene una consecuencia fundamental.

Una empresa privada puede conectar allí donde encuentra rentabilidad.

El Estado, en cambio, puede decidir conectar allí donde existe una necesidad social aunque no exista rentabilidad.

Esa diferencia explica por qué miles de hogares rurales pueden quedar fuera de una lógica estrictamente comercial.

Una escuela perdida en el interior profundo puede no ser un buen negocio.

Pero sigue siendo una escuela.

Un puesto sanitario puede no representar una cantidad suficiente de clientes.

Pero sigue siendo necesario.

Una familia que vive a cientos de kilómetros de una capital provincial puede no ser atractiva para una empresa.

Pero tiene exactamente el mismo derecho a comunicarse, estudiar, trabajar y acceder a servicios digitales.

Ahí aparece la verdadera discusión.

NO SE TRATA DE ELEGIR ENTRE FIBRA ÓPTICA Y SATÉLITE

El falso dilema sería decir: fibra óptica sí, Starlink no.

La discusión inteligente es otra.

Fibra donde sea posible. Satélite donde sea necesario. Infraestructura pública como columna vertebral y tecnología privada como complemento, no como sustitución de la capacidad estatal.

Una provincia moderna debería utilizar todas las tecnologías disponibles.

Pero también debería conservar la capacidad de decidir sobre su infraestructura crítica.

Porque la soberanía tecnológica no significa encerrarse al mundo.

Significa poder relacionarse con el mundo sin depender completamente de las decisiones de otros.

Y eso vale para internet tanto como para la energía, las comunicaciones, los recursos naturales o la información.

LA PREGUNTA QUE QUEDA

Por eso, la discusión sobre las antenas Starlink en las escuelas rurales riojanas debería ser mucho más amplia que una disputa política entre funcionarios.

Hay que preguntar cuánto cuesta el servicio.

Quién lo paga.

Durante cuánto tiempo.

Qué sucede cuando termina el período promocional.

Qué escuelas serán beneficiadas.

Qué tratamiento reciben los datos.

Qué garantías existen de continuidad.

Qué papel tendrá ARSAT.

Qué papel tendrá Internet para Todos.

Y, fundamentalmente, si estas antenas vienen a complementar la infraestructura pública existente o si, por el contrario, forman parte de un proceso de reemplazo progresivo de esa infraestructura.

Porque si se trata de complementar, la discusión es tecnológica.

Pero si se trata de reemplazar, entonces la discusión es política.

Y es mucho más profunda.

La conectividad no es solamente una cuestión de velocidad.

Es educación.

Es producción.

Es salud.

Es seguridad.

Es información.

Es desarrollo.

Y, cada vez más, es soberanía.

Por eso la pregunta de fondo no debería ser si queremos o no una antena de Starlink en una escuela rural.

La pregunta debería ser mucho más sencilla y mucho más incómoda:

¿Queremos una Argentina capaz de construir y controlar su propia infraestructura digital, o una Argentina que dependa de corporaciones extranjeras para garantizar derechos que deberían ser políticas de Estado?

La Rioja eligió hace una década un camino.

Podrá discutirse su ejecución, podrán discutirse sus resultados y podrán mejorarse sus herramientas.

Pero la decisión estratégica fue clara: conectar desde el Estado para garantizar un derecho.

El desafío ahora es que la tecnología satelital sirva para ampliar esa política, y no para reemplazarla.

Porque una antena puede traer internet.

Pero solamente una política pública puede garantizar que ese derecho siga existiendo cuando cambien los gobiernos, los mercados, las tarifas o los intereses de los grandes empresarios tecnológicos.

Y esa diferencia, en tiempos de soberanía digital, no es menor.

Es la diferencia entre tener conectividad y controlar la conectividad.

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