Diario de la guerra del cerdo, de Adolfo Bioy Casares, es una de esas novelas que, con el paso del tiempo, dejan de ser una fantasía inquietante para convertirse en un espejo incómodo. Publicada en 1969, la obra narra una violencia creciente —al principio difusa, luego sistemática— ejercida contra los adultos mayores por parte de los jóvenes, en una ciudad reconocible, cotidiana, casi doméstica. No hay grandes proclamas ideológicas ni un régimen totalitario explícito: hay, sobre todo, una naturalización del desprecio hacia la vejez.
En la novela, los viejos dejan de ser sujetos con historia, memoria y derechos para convertirse en estorbos. El conflicto no se presenta como una guerra declarada, sino como una suma de gestos, burlas, agresiones y silencios cómplices. Bioy Casares construye así una alegoría poderosa: cuando una sociedad empieza a medir el valor de las personas únicamente por su utilidad económica o su potencia física, el camino hacia la violencia está allanado.
Esa lógica alegórica resuena hoy con fuerza en la Argentina contemporánea. El trato que el gobierno actual dispensa a los jubilados —en particular, la represión de las marchas de los miércoles en Buenos Aires— revela una concepción del adulto mayor no como ciudadano pleno, sino como problema presupuestario. Las imágenes de personas mayores empujadas, golpeadas o gaseadas por reclamar haberes dignos no son hechos aislados: forman parte de un clima cultural en el que la vejez es vista como carga y no como derecho social.
Bioy Casares muestra cómo la violencia comienza cuando el lenguaje se degrada. En Diario de la guerra del cerdo, los viejos son nombrados con apodos animalescos, deshumanizantes. Algo similar ocurre cuando desde el poder se legitima el desprecio con frases aparentemente “irónicas” o “descontracturadas”. El reciente episodio en el que el presidente le dijo al empresario Paolo Rocca “jubilate, tano” puede parecer anecdótico, pero encierra una idea profunda: jubilarse como sinónimo de retiro forzado, de descarte, de pérdida de valor. Si eso se le dice a uno de los hombres más poderosos del país, ¿qué queda para quienes solo cuentan con una jubilación mínima?
La novela de Bioy no habla solo de jóvenes contra viejos. Habla, sobre todo, de una sociedad que acepta la exclusión como algo natural. Los personajes que no participan directamente de la violencia muchas veces la justifican, la minimizan o prefieren no verla. Esa pasividad también está presente hoy cuando amplios sectores relativizan la represión a jubilados bajo el argumento del “orden”, el “déficit” o la “necesidad de ajuste”.
Hay otro punto de contacto inquietante: en la ficción de Bioy Casares, la guerra no promete un futuro mejor. La eliminación del “otro” no trae progreso ni armonía, solo más miedo y descomposición social. Del mismo modo, el ajuste sobre los jubilados no resuelve los problemas estructurales del país, pero sí deja una huella ética profunda: la idea de que hay vidas que valen menos que otras.
Leer Diario de la guerra del cerdo hoy no es un ejercicio académico, sino un acto de alerta. La novela nos recuerda que la violencia contra los mayores no empieza con golpes, sino con palabras; no se consolida con decretos, sino con indiferencia. Cuando un Estado reprime a quienes ya trabajaron toda su vida y reduce la vejez a un gasto a recortar, la alegoría de Bioy deja de ser literatura y se vuelve crónica.
Tal vez la pregunta que la novela —y la realidad— nos devuelven sea esta: ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo si el precio del equilibrio económico es la humillación de quienes nos precedieron? Bioy Casares no ofrece respuestas, pero sí una advertencia. Ignorarla siempre ha tenido consecuencias.
Texto del libro:
https://archive.org/details/bioy-casares-diario-de-la-guerra-del-cerdo
