La Argentina amaneció hoy un poco más silenciosa. Murió a los 77 años Carlos Alberto Solari, el Indio Solari, la figura más influyente y convocante que dio el rock argentino en las últimas décadas. Se fue el cantante, el poeta, el artista esquivo, el hombre que convirtió a sus canciones en una especie de religión laica para millones de seguidores. Pero, como ocurre con los verdaderos mitos, su partida física no significa ausencia: el Indio ya pertenece definitivamente a la memoria colectiva de los argentinos.
Hablar del Indio es hablar de un fenómeno cultural que excede largamente a la música. Junto a Eduardo ‘Skay’ Beilinson construyó Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, una banda que desafió todas las reglas de la industria, evitó los grandes medios, rechazó las fórmulas comerciales y aun así llenó estadios, rutas y ciudades enteras. Sus recitales fueron mucho más que conciertos: fueron rituales de pertenencia, encuentros multitudinarios donde distintas generaciones encontraron identidad, rebeldía y refugio.
En las últimas horas, una de las reflexiones más emotivas llegó de Lalo Mir, quien recordó que el Indio poseía algo imposible de explicar técnicamente. No era un virtuoso de la voz ni un músico de exhibición. Su fuerza era otra: el magnetismo. “Magia, misterio, mito, mística, arte”, resumió. Y quizás allí esté la clave. Porque el Indio nunca fue solamente un cantante; fue una presencia cultural que atravesó generaciones.
También fue un intelectual popular. Un hombre que reflexionaba sobre la realidad argentina y que nunca ocultó sus posiciones políticas. Durante los últimos años mantuvo una mirada extremadamente crítica sobre el gobierno de Javier Milei. En una entrevista de 2024 expresó una frase que recorrió el país: “No sé si es un loco o es mascarón de proa de un interés. Nunca pensé que un tipo con una motosierra pudiera llegar a presidente y pasar todos los filtros”.
El Indio cuestionó reiteradamente lo que consideraba una degradación del debate político, el avance de discursos de odio y las políticas económicas que golpean a los sectores más vulnerables. Su mirada siempre estuvo atravesada por una sensibilidad social que también puede rastrearse en muchas de sus letras, donde aparecen los excluidos, los derrotados, los que quedan al margen de la fiesta.
Hoy las redes sociales, las radios y las calles se llenan de mensajes de despedida. Pero quizás el mejor homenaje sea escuchar nuevamente sus canciones. Volver a esas letras que durante años parecieron enigmáticas y que, con el tiempo, terminaron describiendo mejor que nadie las contradicciones de la Argentina.
Murió el Indio Solari. Se apagó una de las voces más importantes del rock en español. Pero mientras alguien siga cantando “Jijiji”, “Juguetes Perdidos”, “Un ángel para tu soledad” o cualquiera de sus himnos, seguirá ocurriendo aquello que solo logran los artistas inmortales: vencer al tiempo.
Porque los mitos no mueren cuando dejan de respirar.
Los mitos mueren cuando son olvidados.
Y todo indica que el Indio Solari seguirá vivo por siempre porque ahora el Indio es ETERNO.

