sábado, septiembre 12, 2026
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EDITORIAL: LA MUERTE QUE NO TERMINA CUANDO TERMINAN LAS GUERRAS

Hay guerras que terminan con una firma, con un repliegue de tropas, con un titular que anuncia el fin del conflicto. Y hay guerras que, en los cuerpos de la gente, no terminan nunca.

Un informe del Costs of War Project, del Instituto Watson de la Universidad de Brown, acaba de poner un número brutal sobre la mesa: entre 4,5 y 4,7 millones de personas murieron como consecuencia de las guerras que Estados Unidos impulsó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Pero el dato que debería sacudirnos no es ese. Es este: la inmensa mayoría de esas muertes no fue por una bala ni por una bomba. Fue por hambre. Por cólera. Por un hospital sin electricidad. Por un parto sin asistencia. Fue, en una palabra, por todo lo que la guerra destruye sin necesidad de disparar un solo tiro.

La autora del estudio, la antropóloga Stephanie Savell, lo llama «muerte indirecta«. Y advierte algo que debería incomodarnos a todos: esas muertes crecen con el tiempo. Afganistán es la prueba. Estados Unidos se retiró en 2021 dando por cerrada una guerra de veinte años. Hoy, los afganos mueren por causas relacionadas con esa guerra a un ritmo mayor que nunca. El 95% de la población no tiene qué comer. En los hogares encabezados por mujeres, esa cifra es del cien por ciento. Un millón de niños afganos están, hoy, al borde de la muerte por desnutrición.

En Yemen, el hambre se convirtió directamente en arma de guerra: se bombardearon barcos pesqueros, campos de cultivo, sistemas de agua. La organización Mwatana documentó ataques con drones que mataron civiles, niños incluidos, sin que ninguna víctima recibiera jamás una reparación ni una disculpa. En Irak, veinte años después de la invasión, médicos siguen reportando niveles inusuales de cáncer, de abortos espontáneos, de malformaciones congénitas, en zonas contaminadas con uranio empobrecido.

Y en el medio de todo esto, siempre los mismos rostros: mujeres y niños. Los hombres mueren más en combate. Pero son las madres, las recién nacidas, las niñas y los niños menores de cinco años quienes cargan, en su propio cuerpo, el costo silencioso de la posguerra.

El informe habla de «eventos centinela«: cada muerte por una enfermedad prevenible es, dicen los expertos, una bandera roja que alguien debería haber visto a tiempo. La pregunta que deja este trabajo no es solo cuántos murieron. Es cuántos de esos muertos pudieron haberse salvado si alguien hubiera decidido, a tiempo, mirar más allá del campo de batalla.

Porque ahí está el verdadero costo de la guerra: no en el parte militar, no en la foto del repliegue de tropas, sino en el niño que llega a upa con tuberculosis, en la mujer que muere desangrada porque no había cómo trasladarla a un hospital, en la generación entera que va a cargar, en su salud y en su psiquismo, la herencia de una violencia que otros decidieron.

La guerra termina. La muerte, no. Y mientras sigamos contando solo los caídos en combate, vamos a seguir sin ver la verdadera magnitud de lo que cuesta, en vidas humanas, cada conflicto armado.


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