miércoles, octubre 7, 2026
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Editorial | El último adiós del pibe que jugaba a la pelota: Gracias por tanto, Leo

Quedó clarísimo que no se va a arrepentir. Aunque el cuerpo a veces le mande señales de tregua, aunque ayer en el Monumental se haya notado una imprecisión insólita en su pegada —como si el alma le pesara más que los botines—, Lionel Messi jugó su último partido con la camiseta celeste y blanca sabiendo exactamente lo que hacía.

Y no se trató de un partido por los puntos, ni de una final de esas que paralizan al planeta. Fue una noche mágica, envuelta en el afecto genuino de un pueblo que aprendió, a los golpes y al fin, a abrazarlo sin reservas.

Repasamos su historia y cuesta creer que pasaron más de veinte años desde aquel debut en 2006 que duró apenas segundos y terminó en lágrimas. Veinte años, doscientos ocho partidos, ciento treinta y cinco triunfos y un amor inquebrantable a pesar de las piedras del camino. ¿Cómo olvidar la Copa América de 2011, cuando la exigencia desmedida y los silbidos arreciaban desde la propia tribuna? Aquel pibe que no cantaba el himno soportó lo inaceptable, puso la otra mejilla y eligió la respuesta más silenciosa y letal: volver siempre. Nunca una palabra de rencor, nunca una revancha personal. Solo la pelota bajo la suela y las ganas eternas de jugar, como si cada potrero de Rosario se mudara con él a cada rincón del mundo.

Ayer, en su despedida, nos dejó frases que duelen pero que enseñan. «El no venir más va a ser un dolor muy grande… jugar en la selección es lo más lindo que te puede pasar.» Nos habló a todos, incluso a los que alguna vez dudaron, a los que buscaron fantasmas donde solo había entrega y agotamiento físico. Nos recordó aquel desgaste titánico frente a Inglaterra o Francia, desmintiendo leyendas urbanas con la absoluta nobleza del que lo dio todo hasta el último aliento.

Y entonces se nos vino a la memoria ese detalle sutil, casi imperceptible pero definitivo, que immortaliza a los verdaderos líderes. Cada vez que la pelota besaba la red y el estadio estallaba con su nombre, Messi corría, abría los brazos y, con un movimiento casi tímido, señalaba al compañero que le había dado el pase. Devolviendo siempre el mérito. Un tipo que lo tenía todo y que pasó dos décadas haciendo lugar para los demás.

Nos pasamos tantos años preguntándonos si era lo suficientemente argentino, mientras él hacía que medio mundo quisiera serlo.

Hoy se cierra una era irrepetible. Nos deja el dolor del adiós, pero nos queda la certeza de que nunca hubo un argentino más argentino que él. Gracias, Leo, por este viaje maravilloso. Ahora nos toca a nosotros cuidar el fuego.

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