En estos tiempo actuales, sentimos que la política parece estar sacudida por corrientes subterráneas que atraviesan fronteras y reescriben el mapa de un continente. El reciente proceso electoral en Brasil, con un escenario de paridad y un fuerte avance de las fuerzas conservadoras, nos deja pensando profundamente en cómo se mueven las sociedades, cómo cambian las prioridades y qué lugar ocupa la angustia de los ciudadanos frente a los vaivenes del poder.
Cuando las encuestas y los números se mueven, lo primero que surge es la incertidumbre. Pero los años enseñan a ver pasar las olas. Y sobre las olas hay una regla no escrita: cuando vienen en contra, hay que tener fe en el futuro porque tarde o temprano volverán a estar a favor; y cuando vienen a favor, hay que mantener los pies sobre la tierra y tener presente que todo cambia.
Frente a resultados que a muchos sectores de nuestro público pueden angustiar o descolocar, vale la pena recordar una convicción democrática elemental: el voto popular es sagrado. Uno puede tener sus valores firmes, militar por una sociedad distinta y discrepar con el rumbo elegido por las mayorías. Sin embargo, creer que los demás votan «porque son pavos» es caer en la esencia del peor desprecio político. El desafío no es subestimar al ciudadano, sino entender qué pasa por la cabeza de las mayorías cuando eligen un rumbo.
Lo que hoy vemos en Brasil y en buena parte de Occidente es una ola de identidad muy clara. Las sociedades están cansadas, enojadas y atraviesan un malestar económico profundo. En este contexto, la marea arrastra hacia opciones que plantean un orden conservador, un fuerte alineamiento internacional y una polarización donde el enemigo ya no es la desigualdad, sino fantaseados comunismos o amenazas externas. Lo llamativo de esta época es que estas opciones logran blindarse mejor: un gobierno de derecha puede atravesar gestiones económicas deficientes y aun así mantener un núcleo duro de adhesión identitaria que un gobierno de centroizquierda, con números quizás más ordenados, no logra sostener.
Nunca antes las sociedades latinoamericanas habían votado de manera tan abierta por opciones alineadas explícitamente con los Estados Unidos y con un discurso tan marcadamente religioso y anti-sistema tradicional. Sin embargo, la historia enseña que ningún ciclo es eterno. Las olas suben, arrasan y, con los años, también bajan.
La política va y viene. Ganar no significa que todo esté bien, ni perder implica el fin del mundo. El verdadero desafío, en medio de las tensiones y los ruidos cotidianos, sigue siendo el mismo: pensar, intentar comprender la realidad sin dogmatismos y mantener las convicciones firmes, sabiendo que la democracia siempre da una nueva oportunidad para construir futuro.



