martes, julio 28, 2026
spot_img
InicioLocalEditorial | El “Nunca Más” no es solo una consigna

Editorial | El “Nunca Más” no es solo una consigna

Cada año, cuando se acerca el 24 de marzo, la Argentina vuelve a enfrentarse con una pregunta incómoda pero imprescindible: ¿cómo fue posible que una dictadura que desapareció, torturó, asesinó y se apropió de bebés haya logrado sostenerse durante tanto tiempo? La respuesta nos lleva a sindicar a la represión, pero también hay que mirar la batalla cultural que el régimen desplegó para construir consenso, justificar sus decisiones y neutralizar la disidencia.

La dictadura no solo gobernó con el miedo. También lo hizo con propaganda. Con dibujos animados que reducían la conflictividad social a una conspiración extranjera, con mensajes que equiparaban huelga con terrorismo, con discursos que instalaban la idea de que el orden debía imponerse frente al caos. Se trataba de simplificar la realidad y construir enemigos: el comunismo, la subversión, el conflicto sindical, cualquier voz crítica. Todo entraba en la misma categoría. Así, la represión aparecía como una respuesta inevitable para “restablecer la normalidad”.

Pero la batalla cultural no se limitó a los mensajes. También se apoyó en hechos capaces de movilizar emociones colectivas. El Mundial de 1978 fue presentado como una demostración de orden y progreso mientras, a pocos metros de los estadios, funcionaban centros clandestinos de detención. La guerra de Malvinas, en 1982, buscó recomponer legitimidad apelando al sentimiento patriótico. En ambos casos, el fervor nacional fue utilizado como herramienta política: la unidad frente al enemigo externo servía para silenciar las críticas internas.

Ese mismo mecanismo se trasladó al plano económico. La apertura de importaciones, la liberalización financiera y la reprimarización productiva fueron acompañadas por campañas que exaltaban la “libertad” de elegir, la competencia y la necesidad de bajar costos. La propaganda explicaba que el problema no era el modelo, sino los salarios, los sindicatos o la industria protegida. Se instalaba así una narrativa donde el sacrificio social aparecía como condición necesaria para el progreso.

Casi medio siglo después, la sociedad argentina mantiene un consenso mayoritario de condena al terrorismo de Estado. Sin embargo, distintos estudios muestran la persistencia de un núcleo significativo —entre el 20 y el 30 por ciento— que relativiza lo ocurrido, lo interpreta como una “guerra con excesos” o se muestra indiferente. Entre los jóvenes, además, aparecen datos inquietantes: una parte relevante estaría dispuesta a resignar libertades democráticas a cambio de seguridad o crecimiento económico. Allí la memoria deja de ser un valor absoluto y se vuelve transaccional.

Este fenómeno no surge en el vacío. La frustración con la democracia, la apatía política y la distancia generacional con los hechos históricos crean un terreno fértil para discursos revisionistas. Cuando el pasado se vuelve lejano, la propaganda encuentra espacio para reaparecer con nuevas formas, nuevos enemigos y viejas promesas de orden y prosperidad.

Por eso, la memoria no es un ejercicio nostálgico ni una discusión del pasado. Es una herramienta del presente. Entender cómo funcionó la batalla cultural de la dictadura permite reconocer estrategias que buscan simplificar la realidad, deslegitimar la disidencia y naturalizar la pérdida de derechos. La democracia no se sostiene solo con elecciones: también necesita una ciudadanía crítica, informada y consciente de su historia.

El “Nunca Más” no es solo una consigna. Es un compromiso activo. Y ese compromiso se construye todos los días, en las aulas, en los medios, en las conversaciones cotidianas. Porque cuando la memoria se debilita, la batalla cultural vuelve a empezar. Y con ella, el riesgo de que la historia, bajo nuevas formas, intente repetirse.

About The Author

RELATED ARTICLES
- Advertisment -
PreViaje Riojano

Most Popular

Recent Comments