Si hay un lugar donde las decisiones macroeconómicas dejan de ser números abstractos en una pantalla para convertirse en drama cotidiano, es en el interior profundo de nuestra patria. En la última sesión de la Cámara de Diputados de la Provincia, el debate legislativo dejó al desnudo una radiografía social y productiva alarmante, marcando un punto de inflexión sobre el impacto del modelo económico que impulsa la gestión nacional.
El eje central de las discusiones giró en torno al pulso de nuestras economías regionales, específicamente la actividad vitivinícola, pilar histórico de nuestra identidad y motor de desarrollo de departamentos como Chilecito, Famatina y toda la zona del oeste. La voz de los trabajadores, canalizada a través de las intervenciones gremiales y del diputado provincial Claudio Ruiz, resonó con la crudeza de los hechos: el programa económico de la administración de Javier Milei asfixia el entramado productivo y deja a su paso un tendal de desocupación.
Las cifras expuestas en el recinto son lapidarias y escapan a cualquier relato triunfalista: mil hectáreas de viñas abandonadas, seiscientas cincuenta hectáreas sin atar, sesenta y cuatro perforaciones cortadas por la imposibilidad de afrontar las tarifas eléctricas y más de dos mil quinientas familias en riesgo directo de subsistencia. A esto se suma el cierre sistemático de comercios y sucursales industriales, empujando a los trabajadores formales a rebusques precarizados.
Durante su intervención, el diputado Claudio Ruiz fue tajante al interpelar el rumbo nacional. El legislador advirtió que el hilo conductor de este ajuste siempre se corta por lo más delgado: el trabajador. Con firmeza, cuestionó un modelo de país que desatiende el esfuerzo productivo local, abre importaciones indiscriminadas que destruyen el valor del vino nacional y ahoga financieramente a las provincias que, como La Rioja, hacen malabares con recursos recortados para sostener asistencias mínimas.
Desde este atril radial nos preguntamos hasta cuándo soportará el tejido social este asfixiante centralismo. La política económica nacional parece ignorar que detrás de cada hectárea improductiva, de cada fábrica cerrada y de cada changa perdida hay una familia riojana perdiendo su dignidad. Las advertencias están hechas; el grito desesperado del interior productivo exige respuestas urgentes antes de que el daño sea irreversible.



