Los hechos recientes no llevan a pensar en la política de estos días, en una Argentina donde la realidad económica aprieta, el humor social cambia y, puertas adentro del propio oficialismo, las fichas empiezan a moverse con una velocidad que desconcierta a más de uno en la Casa Rosada.
Hablamos de Patricia Bullrich. Porque la jefa de la bancada de La Libertad Avanza en el Senado se para cada vez más afuera y cada vez menos adentro del gobierno. En las últimas horas, la exministra multiplicó sus desafíos públicos al presidente Javier Milei y dio un paso más. El Domingo, sin anestesia, tiró un concepto picante: habló de la necesidad de que «el proyecto reelija», ya no necesariamente atándolo a la figura presidencial. Escuchemos el tono con el que lo planteba:
«Para mí es muy importante que el proyecto reelija. Lo que tenemos que hacer ahora es fortalecer bien el proyecto, que la gente lo sienta, que la gente lo siga defendiendo… Yo siempre hablo de la necesidad de generar una velocidad para que la sociedad sienta.»
Conceptos jugosísimos. Bullrich sabe perfectamente que hoy no la pueden echar. Sabe que el gobierno no puede prescindir de su poder de fuego parlamentario, de su capacidad para juntar voluntades y de ese activo que le sigue rindiendo ante un sector de derecha: haber limpiado la calle y puesto orden. Sabe también que esa tregua tiene un plazo, que le quedan meses para seguir en este juego a dos puntas, y por eso se anima a marcarle la cancha al presidente con una crítica fina pero quirúrgica sobre cómo se envían las leyes al Congreso:
«Si vos mandás algo que no lo vas a poder convertir en ley, ¿qué estás haciendo? ¿Lo estás desgastando al presidente?»
Una genialidad táctica. Mientras tanto, ¿qué pasa del otro lado? Javier Milei se desgasta al calor de una economía que no repunta, que no levanta —con caídas incluso en sectores clave como Vaca Muerta durante el año— y con informes de Poliarquía que marcan récords de imagen negativa y un piso histórico de aprobación, cayendo con fuerza justamente entre los votantes que en su momento eligieron a Bullrich. Sectores de clase media alta, empresarios pymes e industriales que se bancaron el ajuste esperando un reverdecer económico que nunca llegó, y que hoy están absolutamente hartos de la crispación permanente.
Y los gobernadores toman nota de esto. Como la economía no camina, los mandatarios provinciales no le quieren votar al oficialismo la prórroga o la suspensión de las PASO, porque ya no tienen certezas sobre el futuro del gobierno. Se arma un círculo vicioso perfecto: la economía anda mal, la gente rechaza a Milei, los gobernadores retiran el apoyo, las chances electorales se achican y los mercados empiezan a dudar.
El recambio, ese fantasma de un «mileísmo sin Milei», empieza a sobrevolar los despachos de los dueños del poder económico, esos mismos que en foros cerrados históricamente miraron con simpatía a Patricia Bullrich.
El presidente lo sabe. Sabe que tiene al enemigo en casa, haciéndole burla y de a ratos bullying político. Un enemigo inexpulsable porque le sostiene la estructura en el Senado. La interna oficialista dejó de ser un secreto a voces: es una pulseada descarnada por el poder futuro, con un presidente muy nervioso y una jefa de bloque dispuesta a cobrarse cada metro de protagonismo.



