Editorial

El gobierno de Javier Milei no solo encarna una profunda contradicción entre discurso y práctica, sino que además se apoya en una ideología que, llevada a sus últimas consecuencias, obliga a “defender lo indefendible”. Bajo esa idea se articula una crítica política, filosófica y también psicológica del actual presidente argentino y de su proyecto.
El texto parte de una paradoja central. Milei se presenta como un anarcocapitalista enemigo del Estado, heredero de pensadores libertarios como Murray Rothbard. Sin embargo, en la práctica gobierna mediante herramientas típicamente estatistas: represión de la protesta social, fortalecimiento de los servicios de inteligencia, intervención en la economía y utilización de recursos públicos para sostener poder político y mediático. Esa distancia entre el Milei que declama y el Milei que gobierna es señalada como el núcleo de su gestión.
La columna sostiene que este desdoblamiento no es accidental, sino estratégico. Por un lado, existe un Milei “profeta”, que empuja ideas extremas para correr la llamada ventana de Overton y normalizar lo que antes resultaba socialmente inaceptable. Por otro, un Milei pragmático que negocia con la vieja política para construir gobernabilidad. Esta dualidad se refleja incluso en su entorno: desde el aparato digital y los trolls ideológicos hasta las alianzas tradicionales que permiten ejercer el poder real.
El eje filosófico se profundiza al analizar la figura de Walter Block y su libro Defender lo indefendible, texto que Milei ha promovido y regalado a funcionarios. Block sostiene que actividades socialmente aberrantes —como el narcotráfico, el proxenetismo, la venta de órganos o incluso el abandono infantil— no deberían ser castigadas si responden a una demanda de mercado y no implican agresión física directa. El mercado, despojado de toda consideración moral, se convierte así en el criterio último de legitimidad.
Se vinculan estas ideas con declaraciones pasadas de Milei sobre la venta de órganos o de niños, interpretándolas como coherentes con una visión extrema del individuo y del cuerpo entendido como mercancía. El presidente justificaría un fortalecimiento transitorio del Estado —represivo y disciplinador— como paso previo a una utopía sin Estado, una lógica comparable a otras promesas históricas de “más Estado ahora para que luego no haya Estado”.

El periodista Gustavo González, aporta una dimensión psicológica: el anarcocapitalismo de Milei sería también una armadura emocional, forjada en una historia personal de maltrato y soledad. Desde esta perspectiva, la batalla cultural y la defensa de lo indefendible responderían a una búsqueda de validación personal proyectada sobre toda la sociedad.
La advertencia final es contundente: convertir una experiencia individual de supervivencia en un modelo social universal puede tener un coste devastador para el tejido colectivo. El desafío, es construir una alternativa política basada en valores de humanidad y fraternidad, y no en la validación personal ni en ideologías que erosionan los principios básicos de convivencia.
