Las definiciones tajantes, las proyecciones lineales y los manuales clásicos de campaña parecen haber quedado definitivamente atrás.
La política contemporánea ya no responde a las lógicas que dominaron el siglo XX. El ecosistema digital, la fragmentación cultural y el predominio de las emociones sobre los programas han cambiado no solo la forma de hacer campaña, sino la naturaleza misma del poder.
La afirmación es provocadora: hoy “no se puede predecir nada”. En ese marco, asegurar que Javier Milei tiene garantizada la reelección sería tan errado como anticipar su derrota. La política, se decide cada vez más cerca del día de la votación y menos en los largos ciclos de construcción partidaria que caracterizaron a la democracia representativa tradicional.
Durante décadas, la ciencia política trabajó sobre la idea de ciudadanos que elegían en función de propuestas, identidades ideológicas o pertenencias partidarias. Hoy, ese esquema “voló por los aires”.
Las decisiones electorales responden más a climas de época, percepciones inmediatas y vínculos emocionales que a debates doctrinarios.
La comunicación dejó de ser un complemento de la gestión: es la gestión. Un gobierno que pierde conexión simbólica con la sociedad, aun cuando sus indicadores sean razonables, entra en crisis. La política, en este sentido, funciona como una campaña permanente.
El fenómeno no es exclusivo de la Argentina. El ascenso de liderazgos disruptivos en distintas geografías —como Donald Trump o Jair Bolsonaro— expresa una transformación global: los electorados desconfían de las instituciones tradicionales y buscan figuras que se perciban como ajenas al sistema.
Esto implica el agotamiento de los dirigentes formados en la lógica partidaria del siglo pasado. Nombres asociados a esa etapa, como Mauricio Macri o Cristina Fernández de Kirchner, representarían una política estructurada en identidades que hoy ya no organizan el comportamiento social.
El nuevo votante no se siente contenido por partidos, sindicatos, universidades o medios. Se informa, dialoga y valida sus opiniones en redes horizontales, donde la autoridad tradicional pierde peso frente a la conversación entre pares.
Aunque suele hablarse del poder de los algoritmos, es relativa su capacidad de control político. No “deciden” elecciones, pero sí moldean entornos de creencias compartidas, conectando individuos que piensan igual y reforzando percepciones.
El resultado es una sociedad menos estructurada y más volátil, donde la indecisión electoral crece incluso hasta horas antes del voto.
En ese contexto, las encuestas pierden eficacia predictiva: si una porción enorme del electorado define su elección en el último momento, la anticipación estadística se vuelve cada vez más frágil.
La categoría de “outsider” dejó de ser una anomalía para convertirse en regla. El candidato competitivo es, precisamente, el que menos se parece al político tradicional. La autenticidad —o la percepción de ella— pesa más que la experiencia o el currículum, que incluso puede ser leído como un pasivo.
Desde esta perspectiva, la comunicación disruptiva no implica necesariamente agresividad, sino diferencia: romper con la estética, el lenguaje y los rituales de la política clásica.
Según un gran consultor político como Duran Barba, quien fue entrevistado recientemente, en esa lógica de figuras surgidas desde fuera del sistema, el dirigente con mayor potencial para interpelar ese mismo clima cultural podría ser Dante Gebel, un actor proveniente del mundo religioso y mediático, con fuerte llegada emocional a públicos masivos.
No se trata de ideologías enfrentadas, sino de estilos capaces de conectar con una sociedad que busca identificación antes que representación.
Otro de los conceptos que cae en revisión es el del marketing político entendido como técnica publicitaria. La política, no vende productos: construye vínculos simbólicos.
Mientras el marketing puede corregirse sobre la marcha, una elección ocurre en un solo día y exige una precisión extrema para interpretar deseos, temores y expectativas sociales.
Las llamadas “campañas sucias” o las operaciones de desprestigio tendrían, en este nuevo escenario, efectos marginales. Los votantes no eligen por ataques al adversario, sino por identificación con quien expresa sus aspiraciones y frustraciones.
El diagnóstico no es nostálgico, sino adaptativo: así como la máquina de escribir no volvió tras la aparición de la computadora, la política analógica no regresará en la era digital.
Las instituciones no desaparecen, pero su legitimidad ya no se apoya en jerarquías estables, sino en una relación dinámica, emocional e inmediata con la ciudadanía.
La pregunta de fondo no es quién ganará la próxima elección, sino si comprendemos que el terreno donde se disputará ya no es el mismo.
La política entró en una fase de incertidumbre estructural, donde la única certeza es el cambio constante.
En la provincia de La Rioja el peronismo, acostumbrado a la hegemonía, hoy se encuentra en una encrucijada importante. Tiene el desafío de construir un candidato o candidata que permita continuar el ejercicio de poder y con el liderazgo marcado de Ricardo Quintela que se instala como posible candidato nacional en un escenario muy fragmentado y con la sola esperanza de que fracasen las políticas nacionales para ser una opción posible en 2027.
Podrá el peronismo riojano entender este nuevo escenario donde hay nuevas armas o herramientas para hacer frente a un espacio que nació desde la anti política y cómo gobierno tiene toda la estructura gubernamental y el fuerte poder de lobby para torcer el brazo a la oposición que cada vez está más dispersa.
Mientras tanto, la población en general debe seguir lidiando con la brusca caída del poder adquisitivo de los salarios y una recesión muy agresiva; aunque muchos aún miran con esperanzas todas las acciones del gobierno y siguen apoyando la gestión.
