En el marco de la Feria del Libro, se presentará una investigación que detalla el origen, la ingeniería y el enorme potencial turístico de las históricas «casuchas de abrigo» construidas en el siglo XIX.
LA RIOJA. En una entrevista para el programa Aquí y Ahora de Medios Provincia, un especialista y licenciado brindó detalles sobre un revelador proyecto editorial que une la historia, la arqueología y el turismo en torno a los refugios cordilleranos de la provincia. El trabajo, que busca poner en valor estos monumentos históricos, será presentado oficialmente al público este viernes a las 16:00 horas en el Paseo Cultural Castro Barros.
El origen: proteger la vida y hacer patria
Estas construcciones, conocidas originalmente como «casuchas de abrigo», nacieron de la necesidad extrema de proteger a los arrieros que trasladaban ganado a pie hacia Chile, enfrentándose al viento, el frío y tormentas letales como la trágica tempestad de 1855, que se cobró numerosas vidas.
Aunque la iniciativa comenzó bajo la gestión de Bartolomé Mitre, figuras como Domingo Faustino Sarmiento impulsaron firmemente el proyecto. Para Sarmiento, la causa era personal: su propio padre había sido arriero y conocía de primera mano el peligroso e inhóspito desafío de cruzar la cordillera de los Andes.
Según pudo reconstruirse a partir de registros históricos, los primeros refugios se levantaron entre 1862 y 1868, y la obra continuó durante toda la presidencia de Sarmiento, entre 1868 y 1874, en los pasos cordilleranos que unen San Juan y La Rioja con Chile.
El enigma de la construcción y el refugio número 14
Durante la entrevista se destacó la sorprendente ingeniería empleada para su construcción, caracterizada por una estructura en espiral semejante a la de un «hornero» o un caracol, diseñada específicamente para bloquear el ingreso del frío. La obra fue ejecutada entre 1871 y 1873 por los hermanos Sanata, unos contratistas italianos que también debían trabajar en el Cabildo riojano, junto con un maestro mayor de obra y un cosaco proveniente de las planicies rusas.
El diseño no fue casual. Cada refugio se ubicó a más de tres mil metros de altura y a una distancia aproximada de 30 kilómetros del siguiente, es decir, a una jornada de caballo entre uno y otro. La entrada de las construcciones se orientó siempre hacia el este, en sentido contrario al viento predominante del oeste, mientras que una cúpula rematada en una pequeña torre de piedra permitía la salida del humo del fuego que los arrieros encendían para resguardarse. Junto a cada refugio se levantó además un corral de piedra para proteger a los animales.
Uno de los aportes más significativos de esta investigación es el esclarecimiento de la cantidad exacta de refugios. Históricamente se hablaba de 13 construcciones —entre ellas las conocidas como El Peñón, Veladero, Pastos Largos y Barrancas Blancas—, pero el relevamiento en el terreno logró documentar un elemento número 14. Se trata de la denominada «compostura de pastos largos», mencionada en los archivos nacionales de la época y localizada finalmente por el equipo en el filo de un acantilado del Río Blanco.
Un tesoro histórico con potencial turístico
Más allá de su valor arqueológico —estos caminos fueron transitados por pueblos originarios, incas, expediciones españolas y la columna libertadora del general San Martín—, el proyecto busca reconvertir este patrimonio en un atractivo turístico sustentable.
Hoy en día, estas estructuras ya forman parte de la consolidada expedición anual Zelada Dávila, que se realiza cada mes de enero. Las autoridades apuestan a que la visibilización de estos refugios permita generar nuevos productos turísticos que impulsen la economía regional y fortalezcan la integración cultural con Chile.
La mayoría de las construcciones sigue en pie y en buen estado de conservación, lo que ha despertado un creciente interés entre montañistas y viajeros que hoy recorren esos senderos cordilleranos, los mismos que un siglo y medio atrás salvaron la vida de cientos de arrieros.




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