Por: Gabriel Miranday
Todos los días escuchamos el mismo mensaje desde el discurso oficial: la economía está mejorando, los números cierran, hay crecimiento, vamos por el camino correcto. Las cifras macroeconómicas, dicen, muestran una recuperación sólida. Pero cuando bajamos de los gráficos a la vida cotidiana, cuando salimos del Excel y caminamos los barrios, la realidad es muy distinta.
Hoy vamos a hablar de un dato que no aparece en los discursos triunfalistas, pero que explica con claridad lo que está pasando en millones de hogares: crece, y crece fuerte, la mora en el pago de las deudas familiares. En palabras simples: cada vez más familias no pueden pagar lo que deben.
En octubre de 2025, casi el 8 por ciento de los créditos bancarios a hogares tuvo atrasos. Es el nivel más alto en veinte años. Más alto incluso que durante la pandemia, que la crisis de 2019 o que el colapso financiero mundial de 2008. Y si miramos el mundo de las fintech, las billeteras virtuales y los préstamos rápidos, la situación es todavía peor: ahí la morosidad llega al 18 por ciento.
Esto no pasa porque la gente sea irresponsable. Pasa porque los ingresos no alcanzan. Porque el sueldo, la changa, el monotributo o el trabajo informal no cubren lo básico. Comer, pagar la luz, el gas, el alquiler, el transporte. La deuda dejó de ser una herramienta para comprar algo extra y pasó a ser la forma de llegar a fin de mes.
Mientras el gobierno habla de crecimiento, las familias se endeudan para sobrevivir. Y no solo se endeudan más: cada vez incumplen más rápido. En apenas un año, la morosidad se triplicó. Doce meses seguidos empeorando, sin respiro.
Las fintech aparecen como una salida fácil: crédito rápido, pocos requisitos, plata en el momento. Pero esa facilidad tiene un costo altísimo. Tasas que pueden llegar al 500 por ciento anual. Es una trampa para quienes no tienen otra opción. Y ahí caen, sobre todo, los trabajadores informales, los monotributistas y los jóvenes.

(The Rich Man and the Poor Lazarus, 1625) de Hendrick Jansz Terbrugghen
Los números son alarmantes. La cantidad de jóvenes endeudados se duplicó en un año. Y más del 40 por ciento ya está en mora. Muchos deben montos chicos, menos de un salario mínimo. Eso dice mucho: no pidieron préstamos para viajar o invertir, pidieron para vivir. Para comer. Para pagar lo básico.
Además, crece el multiendeudamiento: sacar un crédito para pagar otro. Una rueda que gira cada vez más rápido y aplasta a los de abajo.
Por eso, cuando escuchamos que “la economía va bien”, conviene preguntarnos: ¿para quién? Porque si los números fueran tan positivos, no habría más hambre, no habría familias ahogadas por las deudas, no habría jóvenes empezando su vida adulta ya endeudados.
La verdadera economía no se mide solo en estadísticas. Se mide en la mesa de cada hogar. Y ahí, hoy, los números no cierran.
