Nuestro país se llenó de pibes que APUESTAN a los juegos de azar (sí, en el deporte también hay azar). Ciudades grandes, ciudades chicas, familias adineradas, familias humildes, pibes deportistas o pibes desinteresados por la pelota en su distinta forma.
Todos, o apuestan o tienen amigos que lo hacen, o amigos que son cajeros (venden fichas para apostar).
Las apuestas vienen triunfando sobre el fernet, el porro, y otras sustancias. Claro, ¿cómo no sucedería si prometen ganar dinero, ubicarlos como ganadores, llenarlos de adrenalina, y narcotizar/exorcizar algún que otro dolor?
Es nuestra responsabilidad que los pibes vayan cambiando sus apuestas, y en lugar de hacerlo al azar lo hagan a los lazos, al deseo, a las preguntas, al arte, al deporte, a lo que llevará tiempo, sin pánico al fracaso. ¿Acaso no es mayor el fracaso si nos ponemos en manos del azar que si agarramos los proyectos e incertidumbres con nuestras propias manos?
Si los pibes creen que deben apostar a la ruleta, a River o Boca, a la tragamonedas o al poker, en lugar de hacerlo a lo propio, insisto, es nuestra responsabilidad.
El Estado: a legislar como corresponde. Todo, absolutamente todo lo necesario para cuidarnos. Estado presente, ya.
Quienes promueven y promocionan juegos de apuestas, sepan que muchas personas se enferman. Y familias.
Los padres: sabemos que somos quienes transmitimos a nuestros hijos los antídotos contra las nuevas esclavitudes de este momento histórico que nos tocó. Seamos coherentes entre nuestras palabras y nuestros actos, y la receta básica tendría (creo) esencialmente estos ingredientes: amor, tiempo sin celular, transmisión de imposibilidades (límites), varios Noes cada vez que corresponda (sin miedo a qué se desarmen); libros, charlas, risas, interrogantes, aburrimiento, inclusión del dolor como parte de la vida. Todo en justas dosis.
Sal y pimienta, a gusto.

Lic. DÉBORA BLANCA
Directora de Lazos en juego
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