La noche del 25 de agosto de 1959, Miles Davis había concluido su actuación en el Birdland Club de Broadway. Dejó a su novia en la puerta de un taxi y encendió un cigarrillo. Cuando estaba a punto de comenzar a deambular por la calle, un policía —sin razón alguna— lo mandó a circular.
Como a las Madres de Plaza de Mayo aquel 30 de abril de 1977. «Circulen, circulen».
Miles se negó. Alegó que trabajaba en el club y que volvería a entrar. El policía insistió: «Si no te vas, te voy a arrestar». Humillado y ofendido, Miles lo miró con dignidad y no le hizo caso.
Antes de que pudiera darse cuenta, otro policía blanco llegó por detrás y le golpeó la cabeza con tal violencia que lo hizo caer al suelo. «El traje caqui que llevaba para tocar estaba manchado de sangre», recordaría después. Minutos más tarde estaba esposado, subido a un coche policial, acusado de agresión a la autoridad.
Tras el arresto, le revocaron la tarjeta de cabaret. Le prohibieron tocar en cualquier club de Nueva York.
Hay una foto de Miles con su esposa Frances Taylor después de que él saliera bajo fianza. Ella lo mira con preocupación y ternura. Él con una mezcla de furia y cansancio. «No me importa», declaró a los periodistas. «Ya no quiero trabajar en Birdland. No quiero trabajar en ningún lugar donde no se pueda subir a una dama a un taxi ni pararse en la acera sin que la policía me empuje».
Miles fue liberado al día siguiente. Pero la licencia no volvió. Durante un tiempo, ningún club de Nueva York lo convocó.
Dos meses y tres juicios después, su detención fue declarada ilegal. Pero a Miles le quedó un recuerdo amargo y una sensación de injusticia que ya no lo abandonaría: «Si estás rodeado de blancos y eres negro, la justicia no existe. El incidente me cambió para siempre. Me hizo mucho más amargo y cínico, justo cuando empezaba a sentirme bien respecto a la posibilidad de que las cosas hubiesen cambiado en este país. El racismo no es algo aislado. Forma parte del sistema de Estados Unidos».
Cinco meses después, absuelto de ambos cargos, le devolvieron la licencia.
En la primera audiencia, el magistrado Kenneth Phipps dictaminó algo que debería ser obvio pero no lo era: «Un policía no puede ordenar arbitraria y caprichosamente a una persona que se mueva». En la segunda, el tribunal fue aún más lejos: «Sería una parodia de la justicia condenar a Davis por agredir al policía que realizó un arresto tan falso».
Miles ya había escrito su propia sentencia, la que no necesita tribunal: «Habría esperado este tipo de tonterías en East St. Louis. Pero no aquí en Nueva York, que se supone que es la ciudad más elegante y moderna del mundo. Pero claro, estaba rodeado de gente blanca y he aprendido que cuando eso sucede, si eres negro, no hay justicia. Ninguna».
La historia tiene una fecha, un club, una orden absurda y un golpe. Pero sobre todo tiene una verdad incómoda: la arbitrariedad no distingue genios. También los golpea. También los esposa. También los mancha de sangre sobre el asfalto de Broadway.
Y sin embargo, Miles —como el jazz— siguió sonando. Porque hay cosas que ni la cana roñosa, ni la injusticia impoluta pueden silenciar del todo.
Ustedes lo saben mejor que yo.



Fuente: Del Muro de Daniel Ballester
