En la Argentina de hoy, el problema no es solo qué se dice, sino cómo se dice. Y en ese terreno, el debate público parece haber cruzado un umbral preocupante. Porque cuando la explicación se vuelve enredada, técnica en exceso o deliberadamente confusa, conviene encender una alerta: muchas veces, detrás de ese lenguaje, no hay profundidad, sino opacidad.
En economía —y esto no es una revelación académica— las cosas pueden ser complejas, pero no deberían ser incomprensibles. Cuando un dirigente recurre a conceptos como “asíntotas” o “trayectorias no lineales” para justificar desvíos evidentes respecto de lo que prometió, lo que está haciendo no es pedagogía: es construir una coartada. Es desplazar el eje de la discusión desde los resultados hacia la retórica.
Porque los hechos son más simples. La inflación no es cero. Está lejos de serlo. Y si bien ha habido una desaceleración respecto de picos anteriores, los datos actuales muestran un nivel que sigue impactando de lleno en el bolsillo. A eso se suma una caída sostenida del consumo, una contracción de la actividad económica y un deterioro en las expectativas sociales. El índice de confianza del consumidor cae mes a mes. Y cuando cae la confianza, lo que se resiente es el presente… pero también el futuro.
En paralelo, aparece otro fenómeno que merece atención: la transformación del tejido productivo. La apertura de grandes bazares de productos importados, con precios accesibles y fuerte atractivo para el consumo inmediato, convive con el cierre o achicamiento de industrias locales. No es un fenómeno nuevo en la historia argentina, pero sí es un patrón que se repite: cuando la balanza se inclina demasiado hacia la importación sin una estrategia de desarrollo, el costo suele pagarse en empleo.
Ahora bien, sería simplista caer en posiciones extremas. Ningún país moderno vive aislado del comercio internacional. Importar no es, en sí mismo, un problema. El punto es bajo qué condiciones se compite, qué sectores se protegen, cuáles se desarrollan y cómo se acompaña a quienes quedan en el camino. Esa discusión, que es estructural, hoy aparece desdibujada por un relato que oscila entre el triunfalismo y la descalificación.
Y ahí aparece otro elemento que agrava el cuadro: el tono. Cuando desde el poder se recurre al agravio sistemático, a la descalificación personal o al hostigamiento, no solo se degrada la conversación pública. Se erosiona la autoridad misma de quien gobierna. Porque gobernar no es solo tomar decisiones económicas: es նաև construir legitimidad, generar confianza y sostener un marco institucional donde la crítica no sea vista como una amenaza, sino como parte del sistema democrático.
La Argentina atraviesa un momento complejo, como tantos otros en su historia. Pero hay algo que no debería perderse en el camino: la honestidad intelectual. Decir lo que pasa, explicar sin rodeos y hacerse cargo de los resultados. Sin artificios. Sin atajos discursivos.
Porque cuando la palabra pierde valor, lo que se deteriora no es solo el debate. Es la confianza social. Y sin confianza, ningún programa económico —por sofisticado que sea— logra sostenerse en el tiempo.

