¿qué pasa cuando las ideas que parecían distópicas
empiezan a sentarse en la mesa del poder?
Hay una tira cómica que se hizo muy famosa y hoy la disfrutamos cada tanto con nuevos estrenos en versiones diferentes que nos entretiene y se llama Batman. Un personaje que busca la justicia en Ciudad Gótica donde hay un enemigo: el Pingüino quien es un criminal estratégico y suele operar como jefe del hampa en Ciudad Gótica, manejando redes de contrabando, casinos clandestinos o clubes nocturnos como fachada. Y en algunos casos llega a ser alcalde de la ciudad.
También podemos mencionar una escena literaria. En Los siete locos, ese clásico de Roberto Arlt, aparece el Astrólogo: un personaje que imagina una sociedad organizada como una gran corporación, donde la ciencia es instrumento de dominación y los individuos, piezas reemplazables. Era ficción. Era exageración. Era advertencia.
Cien años después, ese arquetipo ya no habita novelas: circula en foros de poder, acumula miles de millones y se reúne con presidentes.
Hoy, Peter Thiel —uno de los nombres más influyentes de Silicon Valley— se encuentra con el presidente argentino. Y más allá del dato puntual, lo relevante es el marco conceptual que trae consigo. Un persona que ha expresado abiertamente su escepticismo sobre la democracia y su convicción de que el progreso tecnológico no debe estar limitado por la deliberación pública.
Dicho en términos claros: una visión donde convencer a la sociedad deja de ser necesario, porque la tecnología permite imponer.
Ese es el punto crítico. Porque cuando el desarrollo tecnológico se desacopla de la legitimidad democrática, lo que emerge no es eficiencia: es concentración de poder. Y ese poder ya no se ejerce necesariamente desde los Estados, sino desde estructuras privadas que administran datos, infraestructuras y decisiones.
El corazón del problema no está en la innovación, sino en quién la controla y bajo qué reglas.
Empresas como Palantir —fundada por Thiel— no solo procesan información: diseñan sistemas que pueden influir en decisiones estatales, desde seguridad hasta políticas públicas. Y cuando esos sistemas operan con lógica propietaria, opaca, sin control ciudadano, lo que se erosiona no es solo la privacidad. Es la soberanía.
La politóloga Francesca Bria lo define con precisión: no se trata de un golpe visible contra la democracia, sino de una captura silenciosa de su infraestructura. El poder no desaparece, se desplaza. Pasa de las instituciones a los algoritmos. De los parlamentos a los servidores.
Y en ese traslado, la deliberación —el corazón del sistema democrático— pierde peso frente a la optimización técnica.
Ahora bien, el dato que vuelve todo esto aún más delicado es la convergencia ideológica. Porque el presidente argentino ha manifestado, en más de una ocasión, su distancia conceptual con la democracia como sistema ideal, planteando incluso escenarios donde el Estado no existe.
Entonces, la reunión de hoy no es solo diplomática ni económica. Es, en términos conceptuales, un punto de contacto entre dos visiones del mundo que comparten una premisa: la desconfianza en la democracia como mecanismo de organización social.
Y ahí es donde la sociedad no puede ser espectadora. Porque si algo enseña este momento es que los debates estructurales ya no ocurren únicamente en el Congreso o en campañas electorales. Ocurren también en acuerdos tecnológicos, en contratos de datos, en decisiones que muchas veces no pasan por el escrutinio público.
Por eso, la discusión no es si la tecnología avanza —eso es inevitable—, sino bajo qué marco institucional lo hace.
Transparencia, control democrático y debate público no son obstáculos: son condiciones mínimas.
Informar no es solo contar: Es Cuestionar, es incomodar. Es obligar a tomar posición.
Y esa es la tarea que queda del otro lado del micrófono.
No ser sujetos pasivos. Sino ciudadanos activos frente a un cambio de época que ya empezó.

PD:
El Astrólogo es uno de los personajes centrales de Los siete locos, escrita por Roberto Arlt. Se trata de un líder enigmático, manipulador y profundamente ideológico que encabeza una sociedad secreta con un objetivo ambicioso: reorganizar el mundo a través de una revolución basada en el control total. Su proyecto combina misticismo, ciencia y política, proponiendo una especie de “Estado-empresa” sostenido por el crimen, la explotación y la manipulación de las masas. Más que un astrólogo en sentido literal, el personaje funciona como un visionario oscuro que seduce a otros con su discurso grandilocuente, pero cuyo plan revela una lógica autoritaria y deshumanizante. En la novela, encarna la crítica de Arlt a las utopías extremas y a los líderes que prometen orden absoluto a costa de la libertad individual.
Te sugiero varias obras fundamentales que trabajan ideas similares desde distintos ángulos:
- 1984 – George Orwell
Una sociedad vigilada en todos sus niveles por un Estado que reescribe la verdad. Aquí el control no es solo físico, sino también del lenguaje y del pensamiento. - Un mundo feliz – Aldous Huxley
A diferencia de Orwell, el dominio se logra mediante el placer, la ingeniería social y la manipulación biológica. No hay represión visible, pero sí una pérdida total de libertad. - Fahrenheit 451 – Ray Bradbury
Una sociedad que elimina los libros para evitar el pensamiento crítico. El control se ejerce suprimiendo el conocimiento y fomentando la superficialidad. - La naranja mecánica – Anthony Burgess
Explora la idea de un Estado que “corrige” la conducta humana mediante técnicas psicológicas, anulando el libre albedrío en nombre del orden. - El cuento de la criada – Margaret Atwood
Una teocracia que controla los cuerpos y los roles sociales, mostrando cómo el poder puede institucionalizar la opresión bajo una supuesta moral superior. - Nosotros – Yevgeny Zamyatin
Precursor directo de 1984, presenta una sociedad completamente racionalizada donde la individualidad es vista como una enfermedad. - El señor de las moscas – William Golding
Aunque no es tecnológica, muestra cómo rápidamente puede surgir un orden autoritario y violento cuando desaparecen las estructuras sociales.
Todas estas obras, como Los siete locos, plantean una pregunta incómoda: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar —libertad, verdad, humanidad— en nombre del orden, el progreso o la seguridad? Esa tensión es el núcleo común.
