Ayer, en el Tedeum del 25 de Mayo en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, el arzobispo Jorge García Cuerva volvió a poner sobre la mesa un debate profundo que atraviesa hoy a la Argentina: el choque entre un modelo basado en el individualismo extremo y otro sustentado en la solidaridad, la justicia social y el bien común.
Frente al presidente Javier Milei y gran parte de la dirigencia política, en su homilía, García Cuerva cuestionó el “sálvese quien pueda”, la violencia en redes sociales y la pérdida de empatía social. Habló de una sociedad quebrada por el odio, por la descalificación permanente y por la idea de que cada uno debe arreglarse solo, aunque millones queden afuera.
Y en ese mensaje resonó con fuerza el legado de Papa Francisco. Ese mismo Francisco que transformó a la Iglesia en una voz incómoda para los poderes económicos y políticos cuando estos olvidan a los más vulnerables. Una Iglesia que, lejos de encerrarse en los templos, volvió a caminar los barrios, los comedores y las periferias sociales.
El planteo del arzobispo fue filosófico, político y profundamente humano. Porque detrás de las discusiones económicas hay una pregunta central: ¿qué lugar ocupa el ser humano en el modelo de país que se construye?
Para el gobierno nacional, la justicia social es una “aberración”. Lo dijo el propio Milei. Desde esa mirada, el Estado debe retirarse y el mercado ordenar la vida social. Pero la doctrina social de la Iglesia sostiene exactamente lo contrario: que el Estado tiene la obligación de garantizar dignidad, oportunidades y protección para quienes quedan excluidos.
Y ahí aparece un contraste evidente con muchas políticas que todavía sostienen algunas provincias argentinas, entre ellas La Rioja, bajo la gestión del gobernador Ricardo Quintela. En medio de un contexto nacional de ajuste, recortes y paralización de obras públicas, La Rioja mantiene una concepción del Estado presente, con políticas orientadas a la inclusión social, la contención comunitaria y la defensa del empleo.
Por supuesto que existen dificultades económicas, restricciones presupuestarias y demandas pendientes. Pero hay una diferencia conceptual profunda: mientras el gobierno nacional plantea que cada individuo debe resolver su destino en soledad, provincias como La Rioja sostienen que el Estado debe acompañar, equilibrar desigualdades y proteger a quienes más lo necesitan.
Ese es el núcleo del debate actual. No se trata solamente de economía. Se trata de valores. De decidir si una sociedad se organiza alrededor de la competencia feroz o de la solidaridad colectiva.
García Cuerva habló también, como lo hacía Francisco, del “terrorismo de redes”, de los discursos de odio y de la agresión permanente como método político. Porque cuando una sociedad naturaliza el desprecio, cuando se ridiculiza al pobre, al jubilado o al trabajador estatal, comienza a romperse el tejido mismo de la convivencia democrática.
La Argentina atraviesa hoy una discusión histórica. De un lado, la lógica del mercado absoluto. Del otro, una tradición humanista que entiende que nadie se salva solo.
Hacía falta que venga el 25 de Mayo y el Tedeum para poder poner en agenda un mensaje que se escucha a gritos en las calles, a pesar del discurso del gobierno que muestra un país en pleno crecimiento.
Y quizás por eso las palabras de la Iglesia incomodan tanto. Porque recuerdan algo elemental: que una nación no se mide únicamente por sus variables financieras, sino por la forma en que trata a los que más sufren.

