Hay momentos en la vida de un país en los que la realidad es tan brutal que deja al desnudo los discursos. Cuando el fuego arrasa bosques milenarios, cuando las casas se convierten en cenizas, cuando familias enteras pierden todo en minutos y los brigadistas ponen el cuerpo sin recursos ni respaldo, ya no hay lugar para el marketing político ni para la épica de las redes sociales. Ahí se gobierna o no se gobierna. Y lo que estamos viendo, con claridad dolorosa, es la hipocresía del gobierno nacional frente a los problemas reales de la Argentina.
Cincuenta y un días. Ese fue el tiempo que le llevó al Gobierno reconocer la magnitud de los incendios en la Patagonia y declarar la emergencia ígnea. Cincuenta y un días en los que se quemaron más de 15 mil hectáreas de bosque nativo. Bosques que no volverán a ver ni nuestros hijos ni nuestros nietos. Cincuenta y un días en los que los bomberos voluntarios y brigadistas combatieron el fuego cuerpo a cuerpo, mal pagos, sin equipamiento suficiente y, en muchos casos, dependiendo de colectas solidarias para conseguir cremas contra quemaduras o mochilas.
Mientras tanto, desde el poder se negaba el problema, se subejecutaban partidas presupuestarias que por ley debían llegar a los cuarteles y se construía un relato épico en redes sociales, muy lejos del humo, del dolor y de la desesperación de la gente. La emergencia no se twittea, se enfrenta con presencia del Estado. Y eso fue lo que no estuvo.
El contraste es obsceno: por un lado, un presidente que aparece tarde, publica cifras infladas y se muestra celebrando supuestos operativos récord; por el otro, testimonios desgarradores de vecinos que lo perdieron todo, de combatientes del fuego endeudados, agotados y abandonados. Ahí está la verdadera foto del país. No en Instagram.
Pero esta hipocresía no es solo patrimonio del gobierno nacional. En La Rioja vemos una réplica casi calcada de esa actitud. Los diputados nacionales Martín Menem y GinoVisconti, y el senador Juan Carlos Pagotto, representantes directos del oficialismo nacional, no hicieron otra cosa que criticar, opinar desde la comodidad y repetir el libreto del ajuste. No movieron un dedo para ayudar a la gente que hoy sufre las crecidas de ríos provocadas por tormentas históricas en todo el norte argentino, una situación que no se daba desde hace más de una década.
Mientras comunidades enteras ven cómo el agua se lleva caminos, viviendas y producción, mientras los municipios y las provincias ponen lo poco o mucho que tienen para dar respuestas urgentes, los representantes del gobierno nacional en La Rioja brillan por su ausencia. No gestionaron fondos, no impulsaron asistencia concreta, no se los vio recorriendo las zonas afectadas ni acompañando a quienes perdieron todo. Eso sí: estuvieron rápidos para señalar, criticar y sacarse responsabilidades de encima.
Esa es la matriz que se repite: un Estado nacional que se retira, que llega tarde, que recorta donde no debe y que después se victimiza cuando la realidad lo desmiente. Un gobierno que habla de superávit mientras le debe fondos por ley a los bomberos voluntarios. Que dice combatir emergencias mientras abandona a quienes ponen el cuerpo. Que predica eficiencia, pero actúa con desidia.
La Argentina no necesita relatos ni excusas. Necesita un Estado presente, federal y sensible. Necesita funcionarios que entiendan que gobernar no es comentar la tragedia, sino prevenirla, enfrentarla y acompañar a su pueblo. Cuando el país se incendia o se inunda, la hipocresía no se disimula: se paga con vidas, con naturaleza perdida y con comunidades enteras libradas a la suerte. Y eso, definitivamente, no es libertad ni gestión: es abandono.
