Durante años, el análisis de la última dictadura argentina se centró, con razón, en el terrorismo de Estado, la desaparición de personas, la censura y la persecución política. Sin embargo, existe otra dimensión menos visible pero igual de profunda: la batalla por la mente y las emociones de la sociedad. El libro La acción psicológica. Dictadura, inteligencia y gobierno de las emociones (1955-1981) pone el foco precisamente en ese aspecto, y lo hace con una claridad inquietante: la dictadura no solo buscó controlar el territorio y eliminar al enemigo, también intentó modelar la forma de pensar, sentir y comportarse de toda la población.
La llamada “acción psicológica” no fue improvisada. Se trató de una doctrina elaborada durante décadas, influida por la Guerra Fría, por manuales militares extranjeros y por la idea de que los conflictos modernos no se ganan únicamente con armas, sino con la conquista de la opinión pública. En ese marco, la sociedad dejó de ser simplemente un conjunto de ciudadanos para transformarse en un espacio a intervenir, persuadir y disciplinar. El objetivo era claro: construir consenso, legitimar el poder militar y neutralizar cualquier forma de resistencia.
La dictadura entendía que la represión por sí sola no alcanzaba. El miedo podía paralizar, pero no necesariamente generar adhesión. Por eso desplegó una estrategia complementaria: producir un clima social favorable, instalar valores, orientar percepciones y reconfigurar la vida cotidiana. La propaganda, los discursos oficiales, las campañas institucionales y el control de la información fueron parte de un mismo engranaje. No se trataba únicamente de decir qué estaba permitido, sino también de sugerir cómo había que vivir, qué pensar y qué sentir.
Uno de los pilares de esa estrategia fue la construcción del enemigo. La figura de la “subversión” se utilizó como un concepto amplio, difuso y omnipresente. Bajo esa etiqueta podían entrar militantes políticos, sindicalistas, estudiantes, artistas o cualquier voz crítica. El resultado fue la instalación de una lógica binaria: orden o caos, patria o subversión, normalidad o amenaza. Esa simplificación permitió justificar medidas excepcionales y naturalizar la militarización de la vida social.
Pero la acción psicológica no se limitó a la demonización del adversario. También buscó construir un ideal positivo de sociedad. La dictadura promovió la figura del “buen ciudadano”: disciplinado, silencioso, trabajador, ajeno a la política y comprometido con valores tradicionales. La apelación a la familia, la moral, la religión y el orden fue constante. El mensaje era claro: la política era peligrosa, el conflicto era sospechoso y la participación debía reemplazarse por la obediencia.
Los medios de comunicación jugaron un rol central en este esquema. La censura directa coexistió con mecanismos más sutiles: monitoreo de contenidos, informes de inteligencia sobre periodistas, sugerencias editoriales y campañas coordinadas. La información dejó de ser un campo libre para convertirse en un espacio regulado. Lo que se publicaba, lo que se omitía y lo que se enfatizaba respondía a una lógica estratégica. Así, la agenda pública fue moldeada para reforzar la narrativa oficial.
En paralelo, se desarrollaron campañas destinadas a generar optimismo y normalidad. Consignas como la apelación a la unidad nacional, el progreso o el esfuerzo individual buscaban contrapesar el clima de represión. La idea era transmitir que el país avanzaba, que había orden y que el sacrificio tenía sentido. Este contraste entre violencia y discurso positivo no fue casual. Formaba parte de una lógica de control emocional: miedo por un lado, esperanza por otro.
El libro también muestra que la dictadura se preocupó por medir el impacto de sus acciones. Se elaboraron informes sobre la opinión pública, se evaluaron reacciones sociales y se ajustaron mensajes. Esto revela una concepción moderna del poder: no solo se impone, también se gestiona. La población era observada como un cuerpo colectivo cuya conducta podía influirse mediante estímulos adecuados.
Esta dimensión resulta especialmente relevante porque demuestra que el proyecto militar no se limitó a una intervención temporal. Buscaba una transformación más profunda: reorganizar la sociedad argentina. No solo eliminar adversarios, sino redefinir valores, hábitos y expectativas. En ese sentido, la acción psicológica fue parte de un intento de ingeniería social. La meta era construir una sociedad despolitizada, ordenada y funcional al modelo impuesto.
Comprender esta estrategia también permite entender cómo funcionó el consenso social durante aquellos años. No todo fue apoyo explícito, pero sí existió un clima de aceptación, silencio o adaptación. La combinación de miedo, propaganda y normalización contribuyó a esa situación. La vida cotidiana continuó, los mensajes oficiales circulaban y la percepción de estabilidad convivía con la represión. Esa contradicción fue, precisamente, uno de los resultados buscados.
La reflexión que surge de este análisis no pertenece solo al pasado. La idea de que el poder político busca influir en emociones, percepciones y comportamientos sigue vigente. Hoy la disputa por la opinión pública se libra en medios, redes sociales y discursos políticos. La diferencia es el contexto democrático, pero la importancia de la comunicación estratégica continúa siendo central. Por eso, revisar cómo operó la acción psicológica durante la dictadura permite desarrollar una mirada más crítica sobre la construcción del sentido común.
También invita a pensar el rol de la ciudadanía. Si la sociedad puede ser objeto de estrategias de manipulación, también puede desarrollar herramientas para resistirlas. La pluralidad informativa, el debate público y la memoria histórica son fundamentales para evitar que se repitan mecanismos de control emocional. La democracia no solo implica votar, sino también ejercer una actitud crítica frente a los discursos de poder.
En definitiva, el aporte principal del libro es ampliar la comprensión de la dictadura. No fue únicamente un régimen represivo, sino también un proyecto que intentó moldear la subjetividad social. El control de las emociones, la construcción del miedo, la promoción del orden y la gestión de la opinión pública formaron parte de una misma lógica. La violencia operó sobre los cuerpos; la acción psicológica, sobre las mentes.
Recordar esta dimensión es esencial. Porque las dictaduras no solo dejan víctimas directas, también dejan huellas culturales, silencios y modos de pensar que perduran. Analizar cómo se construyeron esos sentidos permite desmontarlos y fortalecer la memoria democrática. Entender que hubo un intento de gobernar las emociones de toda una sociedad es, al mismo tiempo, una advertencia y una herramienta para el presente.
La historia demuestra que el poder no se ejerce solo con fuerza. También se ejerce con palabras, símbolos y relatos. La dictadura argentina lo supo y actuó en consecuencia. Hoy, revisar ese pasado con mirada crítica no es un ejercicio académico, sino una necesidad política y social. Porque la democracia también se defiende en el terreno de las ideas, de la información y de la conciencia colectiva.

