Padre Enrri Praolini – El Gringo
Vicario Parroquial de la Vicaría de la Resurrección de la ciudad de La Rioja, nació en Correa (Santa Fe) el 26 de julio de 1932. Hijo de Ignacio Roberto Praolini y Ángela Leontina Colombo, ingresó al seminario de la Diócesis de Rosario (Capitán Bermúdez) el 15 de marzo de 1945. La ordenación sacerdotal fue el día 31 de mayo de 1958 y hasta 1962 ejerció como profesor en el Seminario.
En marzo de 1962 fue designado Teniente Cura (auxiliar) en la parroquia de Villa Constitución (Santa Fe) y a los pocos meses es trasladado a la parroquia Santa Rosa de la ciudad de Rosario como Teniente Cura y el 15 de marzo de 1964 se hace cargo de la parroquia de Coronel Bogado al sur-oeste de Rosario.
Viene a La Rioja para colaborar con el obispo Monseñor Enrique Angelelli el 17 de julio de 1972 (cumpleaños del obispo) y el 15 de agosto de ese año le es asignada la Vicaría de la Resurrección como vicario parroquial. Al poco tiempo de trabajar en la Diócesis de La Rioja al padre Praolini, junto al sacerdote Gill, son detenidos y grande fue la preocupación de la Iglesia riojana por ellos que el obispo Angelelli escribe una carta a ambos sacerdotes a quienes trata de “mis amigos y hermanos sacerdotes”, y a Praolini dirige estas palabras: “Sé que tu fe y tu sacerdocio han sido suficientemente probados por el dolor. Un buen pastor he puesto para presidir una comunidad, que es la que te he confiado, y no un mercenario. No me avergüenzo de tu persona; me reconforta tu testimonio”.
Luego de su libertad por parte del poder político, Praolini volvió al seno de la Comunidad y rodeado de grupos de laicos comprometidos continuó trabajando por la dignidad de la persona humana y los pobres.
Y así, después de haber gastado sus días como el pan que se parte y se reparte, después de haber caminado los barrios humildes, abrazado dolores y encendido la fe en tantas comunidades eclesiales, su cuerpo comenzó a cansarse. La enfermedad llegó silenciosa, como una última prueba, y la abrazó con la misma mansedumbre con la que había abrazado cada cruz ajena.
El 3 de marzo de 2011, al despuntar el alba, el Señor al que sirvió incansablemente salió a su encuentro. No fue una partida triste, sino un regreso. Como el pastor que vuelve a casa tras una larga jornada, cruzó el umbral definitivo hacia ese Cielo tantas veces predicado, tantas veces deseado en la intimidad de su oración.
Allí donde no hay lágrimas ni fatigas, donde los pobres son los primeros invitados al banquete eterno, creemos que fue recibido con la sonrisa de Cristo y el abrazo de la Virgen. El Cielo —merecido por su entrega callada, anhelado en cada Eucaristía celebrada— se abrió para él como una aurora sin ocaso.
Y mientras su nombre quedó sembrado en la memoria agradecida de su pueblo, su alma comenzó a cantar para siempre la liturgia eterna que aquí solo pudo anticipar.


