En los últimos años, analistas, militantes y ciudadanos de a pie nos venimos haciendo una pregunta que parece no tener una respuesta sencilla: ¿Por qué las mayorías populares, los sectores más vulnerables de nuestras sociedades, terminan votando a proyectos de ultraderecha que, explícitamente, prometen recortar sus derechos y achicar el Estado? ¿Cómo se explica el fenómeno de Donald Trump en Estados Unidos, de Jair Bolsonaro en Brasil, o el de Javier Milei aquí en Argentina?
Para intentar desarmar este rompecabezas, el reconocido sociólogo brasileño Jessé Souza aporta una mirada imprescindible que corre el eje de la discusión estrictamente económica y nos invita a mirar hacia la cultura y la psicología social. Souza —autor del revelador libro «El pobre de derecha»— nos advierte algo fundamental: la existencia de un electorado humilde que apoya a sus propios opresores no es casualidad, ni es culpa de la ignorancia intrínseca del votante. Es el resultado de una estrategia global, fríamente calculada.
Desde los años 90, fundaciones e industrias norteamericanas han exportado un modelo de desorientación social masiva. Las derechas entendieron —quizás mejor que los progresismos— que la batalla principal no es por los números de la economía, sino por el sentido de la moral.
¿Cómo funciona este mecanismo? A través de la inoculación del resentimiento y el odio cultural. Cuando el sistema condena a millones a la exclusión, el aparato mediático y las redes sociales operan para que el ciudadano no culpe al capitalismo financiero ni a los grandes bancos. Se construyen «chivos expiatorios«. En Brasil, el estigma cae sobre las minorías o los sectores marginales; en Argentina, se moldea la figura del «vago» o «planero» que vive del subsidio estatal.
Nadie quiere sentirse en el lugar del derrotado. Por eso, el neoliberalismo ha sido exitoso en crear una «falsa ilusión de superioridad moral«. El trabajador precarizado prefiere identificarse con el discurso meritocrático del opresor antes que asumir su realidad de clase. Es lo que Souza define como una confusión profunda: una guerra de «pobres contra pobres» donde los de abajo se autoperciben virtuosos por el solo hecho de diferenciarse de un par al que consideran inferior.
Frente a figuras disruptivas que juegan el papel de un «Joker» o un vengador de los marginados —aunque terminen gobernando para la oligarquía—, las fuerzas populares han quedado atrapadas en un discurso predecible y defensivo. El gran desafío actual, no es solo resistir en el plano económico, sino recuperar la audacia. Hay que disputar las ideas, regular los monopolios mediáticos que colonizan las mentes y construir narrativas que canalicen esa humillación social hacia los verdaderos responsables del atraso. Mientras sigamos discutiendo la superficie, la trampa del resentimiento seguirá definiendo nuestro futuro en las urnas.
Usted, ¿qué opina? Lo debatimos?.

