Hoy nos toca poner la lupa sobre un tema que, aunque a veces se intente maquillar con tecnicismos y planillas de Excel complejas, impacta directamente en el bolsillo de cada uno de los argentinos y argentinas que nos están escuchando: la deuda pública.
Mientras nuestra sociedad muestra señales de resquebrajamiento, se vuelven a encender las alarmas en el debate público y es necesario un análisis crudo y sumamente necesario sobre la trayectoria del endeudamiento en nuestro país. En un contexto donde la inflación y la pérdida del poder adquisitivo asfixian a las mayorías, es necesario poner el foco en lo que verdaderamente se está discutiendo detrás de bambalinas en los centros financieros: la entrega de la soberanía a cambio de aire financiero de corto plazo.
Históricamente, nos han querido vender que tomar deuda es el único camino para «modernizarnos» o para «estabilizar» la economía. Sin embargo, lo que los datos y la realidad nos demuestran una y otra vez es que el endeudamiento desenfrenado, lejos de ser una solución, funciona como un ancla para el desarrollo nacional. Cuando los compromisos en moneda extranjera superan nuestra capacidad real de generación de divisas, el país entra en un círculo vicioso de refinanciaciones eternas, donde las condiciones ya no se dictan en nuestro Congreso, sino en oficinas a miles de kilómetros de distancia.
No se trata solo de números fríos en un balance; se trata de las escuelas que no se construyen, de las jubilaciones que se licúan y de la falta de inversión en infraestructura clave para nuestras provincias, como la nuestra aquí en La Rioja. Cada dólar que se destina a pagar intereses de una deuda que no se tradujo en puentes, industrias o energía, es un dólar que se le quita al bienestar de la gente.
El verdadero peligro que enfrentamos hoy es la naturalización de la dependencia. Escuchamos discursos que justifican mayores ajustes bajo la premisa de «cumplir con los mercados», como si los mercados votaran o tuvieran necesidades básicas que cubrir. La política económica debe volver a centrarse en el trabajo y la producción local. No podemos permitir que el futuro de las próximas generaciones se siga hipotecando para financiar la especulación o la fuga de capitales.
Como ciudadanos, nos toca estar atentos, informarnos y exigir transparencia. La deuda es pública, y por lo tanto, su discusión debe ser abierta y de cara a la sociedad. Es hora de romper el mito de que la economía es solo para especialistas y entender que, cuando se habla de deuda, se está definiendo qué país vamos a dejarle a nuestros hijos. ¿Será un país soberano o un país eternamente condicionado? La respuesta sigue en disputa.
Y en nuestras manos estará la capacidad y la responsabilidad de saber elegir cuando llegue el momento.
