jueves, agosto 27, 2026
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Editorial: «Trabajo, dignidad y el otro modelo posible»

Luego de escuchar al Ministro de Economía de Argentina hablar de «Justicia Social», y que anunciaron créditos hipotecarios usando el FGS creado por la Presidenta Cristina Fernandez de Kirchner, me lleva a pensar al peronismo no como una anécdota electoral, sino como una filosofía completa, con su propia idea de qué es el ser humano. Y esa idea, es sencilla: el hombre es aquel que trabaja. No el trabajo entendido como producción fría, sino como una praxis que transforma lo que se recibe —la tierra, el oficio, el talento— en bien común. Trabajar, en esa tradición, no es sacrificio. Es dignidad.

De esa antropología se desprende una definición de justicia social que vale la pena repasar hoy, con la Argentina en medio de un ajuste que se presenta como inevitable. Gobernar, según esa tradición, es crear trabajo. No alcanza con administrar la pobreza ni con repartir subsidios: la justicia social empieza cuando cada argentino tiene la posibilidad concreta de trabajar y de vivir de lo que produce. Es una idea que, curiosamente, también aparece en el padre del liberalismo clásico, John Locke, para quien la propiedad se legitima a través del trabajo que transforma la tierra. El trabajo, no la especulación, es lo que da derecho a la riqueza.

Hoy debemos exponer y contrastar el modelo de gobierno del Peronismo con un modelo que, ensaya en la Argentina algo que va más allá de la política argentina misma, un experimento de hasta dónde puede resistir una sociedad cuando se le retira la protección del Estado. Hoy se observa una pérdida de empatía, de un «sálvese quien pueda» que reemplaza la vieja idea de comunidad organizada. Y ubica al gobierno de Javier Milei no dentro de una tradición liberal clásica, sino dentro de la ultraderecha: con sus elementos de xenofobia, de violencia discursiva, de desprecio por el otro.

Ahí está, me parece, el verdadero contraste entre los dos modelos que hoy se disputan el país. No es solamente una discusión de tasas de interés o de superávit fiscal. Es una discusión sobre qué lugar ocupa el trabajador en el proyecto de nación. El justicialismo, con todas sus contradicciones históricas, puso al trabajo y a la producción en el centro: gobernar era, ante todo, generar las condiciones para que la gente produzca y consuma lo que produce. El modelo libertario, en cambio, apuesta a que el mercado —lo que hoy podríamos llamar un tecnomercado— organice mejor que la comunidad misma sus propios destinos, aun cuando eso implique, en el camino, sacrificar salarios, jubilaciones y derechos laborales en nombre de un ajuste que se promociona como el más grande del mundo.

La pregunta que deja esta reflexión no hace pensar: ¿puede una sociedad sostenerse sin ese lazo de reciprocidad que un pensador citado en la nota llama «el don», esa entrega que no exige devolución inmediata pero que sostiene a la comunidad entera?

La historia argentina, con sus cien años de vaivenes entre modelos liberales y modelos productivos, parece dar una respuesta:

Cuando el Estado se retira de la tarea de generar trabajo, el costo lo paga siempre el mismo sector.
La clase trabajadora.

Por eso hoy más que nunca debemos pensar en recuperar la esperanza y reconocernos como una sociedad que va a salir adelante con Dignidad y Justicia Social.

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