La frase “Es la economía, estúpido” (“It’s the economy, stupid”) se hizo famosa durante la campaña presidencial de 1992 en Estados Unidos, cuando el equipo de campaña de Bill Clinton la utilizó como un recordatorio interno de cuál debía ser el eje central del discurso electoral.
La expresión fue creada por James Carville, uno de los principales estrategas de Clinton. Carville colocó en las oficinas de campaña una serie de frases para mantener enfocados a los colaboradores. Una de ellas decía:
“The economy, stupid”
La idea era simple: insistir constantemente en que la principal preocupación de los votantes era la situación económica, especialmente la recesión y el desempleo que atravesaba el país durante el gobierno de George H. W. Bush.
La expresión terminó convirtiéndose en una fórmula política universal para señalar que, más allá de debates ideológicos o escándalos, la economía suele ser el factor decisivo en el comportamiento electoral.
La sociedad necesita analizar las derrotas electorales de los gobiernos y, al mismo tiempo, cuestionar profundamente al rumbo económico del actual gobierno argentino.
Hay una lógica discursiva muy característica de la polarización política argentina contemporánea que desplaza el eje de discusión desde los escándalos políticos o mediáticos hacia la economía real como factor decisivo del humor social y electoral. Es necesario aceptar de manera explícita la idea de que episodios como el “Vacunatorio VIP” o la foto de Fabiola en cena en Olivos en plena Pandemia, hayan sido determinantes en la caída electoral del Frente de Todos, porque el verdadero problema fue la falta de cohesión interna del espacio político y, sobre todo, el deterioro económico.
Hay una tesis central que atraviesa todo el discurso: en Argentina, la economía termina ordenando la política. La sociedad puede tolerar errores, escándalos e incluso privilegios de la dirigencia mientras exista estabilidad económica o mejora material concreta. Cuando eso desaparece, cualquier episodio de corrupción o extravagancia oficial se convierte en combustible para el enojo social.
Los medios de comunicación y ciertos sectores progresistas sobrevaloran el impacto moral de determinados hechos políticos, cuando en realidad el electorado reacciona principalmente frente a la inflación, la caída del consumo y la pérdida de poder adquisitivo.
La imagen social de hoy es la del modelo liberal de apertura económica. El gobierno actual es una continuidad histórica desde la dictadura de José Alfredo Martínez de Hoz hasta las políticas contemporáneas de desregulación y apertura importadora. Allí aparece una visión estructural: Argentina no posee condiciones productivas suficientes para competir en igualdad de condiciones en el mercado global, y por eso cada intento de liberalización termina generando crisis, desindustrialización o deterioro social.
Se puede mirar la situación de Estados Unidos y China. Incluso las economías centrales enfrentan tensiones derivadas de la competencia global dónde el “libre mercado absoluto” tampoco funciona plenamente en las potencias desarrolladas. De esta forma caen por el suelo y se desacredita la idea de que Argentina pueda resolver sus problemas simplemente abriendo la economía y reduciendo impuestos.
El uso constante de insultos, exageraciones y frases coloquiales no es accidental: busca construir identificación emocional con sectores frustrados o desencantados. Es un lenguaje que intenta presentarse como “auténtico”, opuesto al tecnicismo político tradicional y al discurso institucional.
Sin embargo, esa misma intensidad también limita la profundidad argumentativa. Aunque los problemas reales —inflación persistente, caída del consumo, desgaste social—, no desarrollan soluciones concretas ni alternativas económicas claras.
En términos políticos, existe un fenómeno más amplio de la Argentina actual: la centralidad absoluta de la economía en la legitimidad de cualquier gobierno. Mientras haya bienestar material, los gobiernos pueden sobrevivir incluso a fuertes cuestionamientos éticos; cuando la economía fracasa, cualquier escándalo se transforma en símbolo del malestar general.
