El pasado sábado, mientras el país se distraía con la previa del partido de la Selección frente a Jordania en pleno Mundial, entre bastidores se ejecutaba una de las maniobras políticas más predecibles y, a la vez, más vergonzosas del último tiempo. Con una carta difundida a última hora, Manuel Adorni anunció su renuncia como jefe de Gabinete.
No nos engañemos por el timing: la estrategia de camuflar crisis institucionales detrás de los goles de la Scaloneta es una jugada tan vieja como precaria. Pero la gravedad de este hecho es imposible de tapar. El principal colaborador del presidente Javier Milei dejó su cargo envuelto en un escándalo internacional de corrupción, evasión, mentiras y manipulación. Los principales portales financieros del mundo, desde Bloomberg hasta el mismísimo Financial Times, titularon sin titubeos: «El principal colaborador de Javier Milei renuncia por un escándalo de corrupción en Argentina«. Aquel fenómeno que pretendía ser barrial terminó convirtiéndose en un bochorno internacional.
Lo verdaderamente cínico de este desenlace es la narrativa de la victimización. Tanto Adorni en su carta como el propio Milei salieron a argumentar que la dimisión se debió a «ataques personales» y al resguardo de sus hijos frente a la hostilidad de las redes sociales. Resulta paradójico que quienes construyeron su carrera política y su estructura de poder sobre la base del insulto, el escrache y la violencia digital, hoy derramen lágrimas de hipocresía.
Hagamos memoria: Manuel Adorni fue premiado en 2022 como el «tuitero del año«. Su discurso al recibir el galardón fue, textualmente: «Yo sí quiero grieta… quiero a los corruptos de un lado y a la gente de bien del otro». Alimentaron un monstruo digital que destrozó la reputación de opositores, artistas y ciudadanos comunes, y hoy, cuando el barro les llega a las rodillas, pretenden posar como pollitos mojados.
Pero seamos claros: Adorni no se va por las redes. Se va porque no puede explicar la plata que acumuló en cuatro meses. Se va porque la investigación periodística reveló maniobras miserables, como pedir tarjetas de crédito a sus propios colaboradores para comprar bienes personales.
Y aquí es donde el problema escala hacia el Presidente. ¿Dónde quedó aquel Milei que en campaña rugía que ante la menor «sombra de corrupción» le cortaría la mano o le pondría un cañonazo en la cabeza a sus funcionarios? Durante cuatro meses, Milei encubrió, protegió y aplaudió a Adorni en el Congreso, tildando de «chorros» a los periodistas que solo hacían preguntas. El adalid de la anticorrupción terminó mutando en el cómplice que sostiene a los suyos hasta que el agua le llega al cuello.
Y para colmo, el reemplazo elegido es Diego Santilli, un dirigente al que el propio Milei insultaba públicamente en 2022, exigiéndole que explicara su insostenible estilo de vida antes de hablar de economía.
La moraleja de esta crisis es profunda. El poder es efímero y la suerte cambia. Como bien señaló un ensayista, algún día se termina el elíxir del cargo, las custodias y los aviones privados, y hay que volver a caminar solo por la calle. El gobierno pretendió vendernos pureza y nos terminó entregando la misma opacidad de siempre. La máscara se ha caído, aunque la corrupción… avanza.

