Bajo el sol de una supuesta «nueva era», la retórica oficial ha erigido un altar al número y al dogma, mientras el tejido social se prepara para una cirugía sin anestesia. El texto que hoy analizamos no es solo un discurso de asunción; es el certificado de defunción de una forma de entender el Estado, pero también la partida de nacimiento de una incertidumbre aterradora. Se nos habla del entierro del «modelo de la casta», pero lo que asoma tras la palada de tierra es un ajuste de shock que, a pesar de las promesas, terminará por llagar la piel de los de siempre.
El relato gubernamental se apoya en una «herencia» diseñada para el pavor. Nos arrojan a la cara un déficit del 15% del PBI y la amenaza fantasmagórica de una inflación del 15.000% anual. Es la política del terror matemático: sobredimensionar la catástrofe para que cualquier sacrificio parezca una bendición. Bajo la premisa de que «no hay plata», se clausura todo debate entre gradualismo y shock, imponiendo una única receta económica como si fuera una ley natural y no una decisión política.
Sin embargo, el periodista crítico debe preguntar: ¿quién paga realmente el costo cuando se admite que habrá estanflación?. El texto es honesto en su crueldad: el corto plazo será duro. Pero esa dureza no es equitativa. Mientras se jactan de que el ajuste recae sobre la «política», los indicadores de 45% de pobreza y 10% de indigencia que mencionan son los mismos que serán empujados al abismo durante este «último mal trago». El «shock» no es un bisturí preciso; es un hacha que golpea el consumo, el empleo y la dignidad de quienes ya no tienen nada que entregar.
Lo más inquietante, quizás, es el giro mesiánico. La apelación a «las fuerzas que vienen del cielo» para justificar decisiones económicas traslada la discusión del terreno de lo racional al de lo dogmático. En una democracia, el poder emana del pueblo, no de una interpretación celestial de la macroeconomía. Esta mística se complementa con una advertencia sombría: «dentro de la ley todo, fuera de la ley nada». Es el anuncio de que el descontento social, subproducto inevitable de la estanflación prometida, será tratado como un problema de orden público y no como un síntoma de dolor social.
Estamos ante un gobierno que no busca consenso, sino rendición ante su diagnóstico. Se nos ofrece la «prosperidad» a cambio de atravesar un desierto de privaciones, mientras la «casta» parece ser solo un rótulo móvil que se aplica a conveniencia. Argentina inicia un camino donde la libertad parece ser, paradójicamente, la libertad de aceptar el ajuste o enfrentar la fuerza del Estado.
