viernes, septiembre 4, 2026
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Editorial | El cuadro que el Gobierno no quiere mirar

Hay una escena en «El retrato de Dorian Gray» que vale la pena traer a este comentario. Dorian permanece siempre joven, siempre radiante, mientras en un cuarto cerrado su retrato envejece, se pudre y muestra cada una de sus culpas. Él elige no abrir esa puerta. Prefiere vivir de la superficie intacta antes que enfrentar lo que su propio retrato le devuelve.

Algo parecido pasó ayer con el discurso presidencial. Un hombre que habló durante más de media hora sin insultar —lo cual, dado los antecedentes, ya se anota como progreso— pero que describió un país que no coincide con el que uno recorre todos los días. Dijo que los salarios informales «están volando». Y es cierto que hay un dato del INDEC que así lo sugiere. Lo que no dijo es que ese salario que «vuela» promedia 700 mil pesos, sin aguinaldo, sin vacaciones, sin obra social, sin ningún derecho. Lo que no dijo es que ese mismo trabajador gana, según la propia estadística oficial, menos de la mitad que un asalariado formal. El cuadro se guarda en el cuarto cerrado; en el salón se exhibe solamente el rostro joven.

Lo mismo con el crecimiento. Se habla de «ganar por goleada la batalla del crecimiento» comparando puntas de series que convienen, mientras el INDEC muestra que la economía cayó en el primer año de gestión y que el promedio real del período apenas empata con el crecimiento poblacional. Se habla de que la pobreza «bajó a la mitad», cuando en rigor bajó de 41% a poco más de 28%, y especialistas serios advierten que, con una canasta actualizada, el número real rondaría los 36 puntos. No es la misma cifra. No es la misma noticia. Pero es la que se cuelga en la pared.

Y mientras tanto, como pasa siempre que un gobierno necesita correr el eje de la conversación, aparece Malvinas. Una causa nacional legítima, sentida por generaciones enteras, usada ahora como cortina de humo justo cuando arrecia la que la propia industria, la construcción y el comercio vienen mostrando desde hace meses. Un gobierno que hasta ayer se mostraba incómodo con cualquier gesto nacionalista —recordemos el enojo oficial cuando la Selección levantó la bandera de Malvinas después del Mundial— hoy la convierte en anuncio de cadena nacional. No hay contradicción que no se pueda maquillar cuando el relato lo permite.

El problema de Dorian Gray no era solamente la vanidad. Era que, al negarse a mirar el retrato, dejó de poder corregir nada. La corrupción seguía avanzando exactamente igual, la mirara o no. La diferencia es que un gobierno no tiene el lujo de guardar su retrato en un desván: gobierna sobre personas reales, con salarios reales, con changas que no alcanzan y con industrias que cierran. Nombrar la realidad no es pesimismo ni relato opositor. Es, simplemente, el primer paso para poder cambiarla. Mientras eso no ocurra, seguiremos escuchando discursos sobre un país espléndido que, afuera del salón, muy pocos logran reconocer.

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