jueves, agosto 20, 2026
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EDITORIAL | CUANDO LA POLÍTICA SE CONVIERTE EN UNA FÁBRICA DE DESINFORMACIÓN

Hay algo mucho más profundo detrás del caso Fernando Cerimedo que una detención y una investigación judicial en Bolivia. Hay una pregunta que debería incomodarnos mucho más: ¿hasta dónde llegó a crecer el poder de quienes hacen política desde las sombras, detrás de trolls, cuentas falsas, campañas de desprestigio y operaciones digitales?

Porque Cerimedo no aparece solamente como un consultor. El material que se conoció lo ubica dentro de un ecosistema político que combina comunicación digital, propaganda, microsegmentación y construcción de realidades paralelas. Una maquinaria capaz de instalar una mentira, repetirla miles de veces y convertirla, para una parte de la sociedad, en una verdad.

Esto no empezó con las redes sociales. La propaganda política tiene una historia oscura y conocida. Pero internet cambió la escala. Antes había que controlar un diario, una radio o una televisión. Hoy alcanza con una estructura capaz de producir miles de contenidos, cuentas ficticias, videos manipulados y mensajes dirigidos exactamente al público que se quiere convencer.

Y ahora aparece un ingrediente todavía más peligroso: la inteligencia artificial.

Un video falso de un dirigente, una voz clonada, una declaración que nunca existió o una imagen manipulada pueden circular durante horas antes de que alguien consiga demostrar que son falsos. Y para entonces, el daño ya está hecho.

El problema es que la democracia necesita ciudadanos informados, pero estas estructuras necesitan exactamente lo contrario: ciudadanos confundidos, enfrentados y emocionalmente movilizados.

El caso boliviano expone además otra cuestión: el poder real no siempre coincide con el poder institucional. Un asesor sin cargo formal puede terminar teniendo acceso privilegiado a un presidente, participar de estrategias electorales y ejercer influencia sobre la comunicación política. El propio material señala que Cerimedo habría tenido una oficina muy próxima al despacho presidencial boliviano y que su influencia excedía ampliamente la de un consultor convencional.

Y esto nos obliga a mirar también hacia la Argentina.

Porque Cerimedo fue vinculado políticamente con Javier Milei y con el armado digital que acompañó el crecimiento de La Libertad Avanza. El material también menciona su participación en estrategias digitales y su cercanía con sectores del oficialismo.

No significa que cada acusación sea cierta ni que toda la estructura política pueda explicarse por la actuación de una sola persona. Eso deberá determinarlo la Justicia. Pero sí significa que existen preguntas que merecen respuestas.

¿Quién financia estas operaciones? ¿Quién produce los contenidos? ¿Quién decide qué mentira se instala? ¿Quién paga las campañas digitales? ¿Qué relación existe entre los operadores políticos, los medios digitales y el poder?

Porque cuando la política deja de disputarse con argumentos y comienza a disputarse mediante operaciones, trolls, fake news y manipulación emocional, la democracia empieza a perder algo esencial: la posibilidad de que los ciudadanos decidan sobre la base de hechos.

El peligro no es solamente Cerimedo.

El verdadero peligro es creer que Cerimedo es un caso aislado.

Porque detrás de cada troll puede haber una estrategia. Detrás de cada campaña de odio puede haber financiamiento. Y detrás de cada mentira repetida millones de veces puede existir una estructura diseñada para que dejemos de distinguir entre lo que ocurrió y lo que alguien decidió que creyéramos.

Y cuando una sociedad ya no puede distinguir la verdad de la propaganda, la democracia queda peligrosamente expuesta.

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