La economía argentina está enviando señales cada vez más claras de que algo no está funcionando como se prometía. Y uno de esos indicadores, quizá silencioso pero muy revelador, aparece en un lugar inesperado: el crecimiento de la morosidad en los créditos de Mercado Pago, la plataforma financiera del gigante tecnológico Mercado Libre.
Según los datos que trascendieron en los últimos días, uno de cada cuatro usuarios que tomó crédito a través de la aplicación tiene dificultades para pagar sus cuotas. Dicho de otra manera: millones de personas que recurrieron a ese sistema para llegar a fin de mes hoy no pueden cumplir con sus compromisos. Y eso no ocurre en el vacío. Ocurre en una Argentina atravesada por el ajuste económico más fuerte de las últimas décadas.
El gobierno de Javier Milei llegó al poder prometiendo que el sacrificio sería temporal y que la estabilización de la economía traería prosperidad. Sin embargo, a más de dos años de iniciado ese programa, la realidad muestra otro escenario: caída del consumo, pérdida del poder adquisitivo, cierre de empresas y despidos que se multiplican en todo el país.
Cuando una plataforma como Mercado Pago —que presta dinero principalmente a sectores que no acceden al crédito bancario tradicional— registra niveles de morosidad superiores al 20%, lo que está reflejando no es solamente un problema financiero. Está mostrando el deterioro de la capacidad de pago de la sociedad.
El fenómeno es fácil de entender. Cuando el salario pierde contra la inflación, cuando los precios de alimentos, servicios y alquileres aumentan de manera permanente, las familias empiezan a financiar su vida cotidiana con crédito. Primero para comprar electrodomésticos, después para pagar gastos básicos, y finalmente para cubrir deudas anteriores. Ese círculo se vuelve insostenible cuando el ingreso deja de crecer.
Mientras tanto, en el frente productivo la situación tampoco mejora. Pequeñas y medianas empresas bajan sus persianas en distintas provincias, industrias reducen turnos, comercios históricos desaparecen de los centros urbanos y miles de trabajadores quedan en la calle. El ajuste fiscal puede mostrar números ordenados en las planillas del Ministerio de Economía, pero en la economía real el impacto es profundo.
El problema de fondo es que el modelo actual parece concentrar toda su estrategia en el equilibrio de las cuentas públicas, sin considerar que una economía no se sostiene únicamente con superávit fiscal, sino también con producción, industria, empleo y consumo.
Si la gente no puede pagar sus créditos en una aplicación financiera, si las empresas dejan de vender y si los despidos se multiplican, la pregunta inevitable es qué tipo de estabilidad se está construyendo.
Porque la historia económica argentina demuestra que cuando el ajuste cae casi exclusivamente sobre el bolsillo de la sociedad, los efectos tarde o temprano aparecen en todos los indicadores: en la caída del mercado interno, en la retracción del crédito y en el aumento de la pobreza.
La morosidad creciente en plataformas digitales es apenas un síntoma más de ese proceso. Un síntoma que advierte que detrás de los discursos sobre eficiencia y libertad económica hay millones de personas tratando de sostener su vida diaria en un contexto cada vez más difícil.
La discusión de fondo, entonces, no es solamente fiscal. Es social. Y la pregunta que empieza a recorrer la Argentina es simple pero contundente: ¿hasta dónde puede soportar la sociedad un ajuste de esta magnitud?.
