Lo de Franco Colapinto en Buenos Aires debería ser una fiesta. Y lo va a ser. El domingo, cuando el ruido de un Fórmula 1 vuelva a sacudir Palermo, nadie con un mínimo de sangre fierrera podrá mirar para otro lado. Franco se merece ese baño de cariño. La gente también.
Pero una cosa no tapa la otra.
Lo que pasó en la previa con buena parte de los medios especializados fue, siendo generoso, un ninguneo. Y siendo menos diplomático, un destrato innecesario hacia un oficio que todavía tiene valor, aunque a veces parezca que en este nuevo ecosistema vale más un reel en colaboración con una marca, un like bien acomodado o una selfie con el ejecutivo de turno que una pregunta hecha con criterio.
Franco tuvo hoy un contacto con un grupo reducido de medios en Mercado Libre. De ese grupo, apenas unos pocos estaban vinculados realmente al automovilismo. Y varios de esos medios tuvieron que mover cielo y tierra para conseguir un lugar. Curioso, por no decir otra cosa, en un evento protagonizado por un piloto argentino de Fórmula 1…
Como periodista y como alguien que conoce este ambiente desde hace décadas, me quedó una sensación de gusto a poco. No por Franco, que bastante tiene con cargar sobre sus hombros una expectativa gigante, sino por el formato, por el control excesivo y por esa necesidad tan actual de administrar cada palabra como si una pregunta incómoda fuera un delito de lesa humanidad.
El primer contacto fuerte de Colapinto con la prensa argentina después de mucho tiempo no podía reducirse únicamente al Road Show. Está bien hablar del evento. Es lógico. Es la razón formal de su presencia. Pero también había temas de actualidad deportiva que merecían aparecer, aunque fuera de manera breve: su presente, sus sensaciones para esta temporada, el reglamento. No hacía falta convertir la charla en una indagatoria. Bastaba con dejar respirar al periodismo.
Pero no. Todo pareció diseñado para que nada se saliera demasiado del libreto.
A eso se sumó un moderador que se dedicaba a analizar las respuestas de Franco como si el público no pudiera entenderlas por sí mismo. Iván de Pineda me merece el mayor de los respetos. Es un profesional enorme. Pero en un encuentro con tiempo limitado, cada intervención extra le quitaba espacio a lo más importante: escuchar al protagonista y permitir preguntas con contenido.
Y entonces apareció la pregunta que salvó el día.
Julián Ronaldo, de Carburando, aprovechó su única oportunidad para tocar un tema de actualidad que nadie parecía tener en agenda, pero que caía de maduro: la visita de Colapinto al Autódromo de Buenos Aires. Fue una pregunta simple, directa y periodística. De esas que abren una puerta donde otros habían puesto una cinta de “no pasar”.
La reacción lo dijo todo. Franco se acomodó en el sillón antes de responder, como quien entiende que ahí aparece algo fuera del libreto. Hasta el propio De Pineda pareció sorprendido. Tanto que nos quedamos sin su reflexión sobre las palabras de Franco sobre las obras del Gálvez y su deseo de correr un GP de la Argentina.
En un minuto, lo que parecía perfectamente controlado dejó de estarlo. Y ahí estuvo la pequeña victoria del periodismo: cuando una pregunta bien hecha rompe la escenografía de cartón pintado.
No estuve ahí porque, como a tantos otros, no me invitaron. Pero puedo imaginar las caras de quienes creían que habían armado una puesta impecable. Porque en este mundo donde muchas veces las productoras de música creen entender el automovilismo tocando de oído, y donde algunos influencers parecen tener más prioridad que los medios que sostienen la conversación del deporte todo el año, una pregunta con criterio todavía puede hacer ruido.
Me dirán que exagero. Que estoy resentido. Que mi opinión no le importa a nadie. Que nadie me conoce. Que soy un ensombrado. Que me paga la ACTC, el ACA, la FIA, la NASA o la confederación intergaláctica de los ofendidos profesionales. Lo de siempre. Pero no.
Sigo siendo periodista. Y cuando ningunean mi profesión, salto. Porque puedo, porque quiero y porque todavía creo que una pregunta bien hecha vale más que cien posteos vacíos.
Que se entienda bien: esto no es un ataque a Franco Colapinto. Al contrario. Ojalá el domingo sea una fiesta inolvidable. Ojalá Palermo explote de gente. Ojalá ese Fórmula 1 girando en Buenos Aires quede guardado como una postal histórica para el automovilismo argentino.
Pero justamente por eso, porque es importante, porque tiene valor y porque Franco representa algo grande, el periodismo especializado merecía otro lugar. No uno privilegiado. Uno digno.
