miércoles, octubre 14, 2026
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Editorial: El peligro de la historia única en la era del algoritmo

Chimamanda Ngozi Adichie

En su célebre disertación sobre «el peligro de una sola historia», la escritora Chimamanda Ngozi Adichie advertía cómo los relatos incompletos reducen realidades complejas a meros estereotipos. La historia única —sostenía Adichie— roba la dignidad de los pueblos, enfatiza diferencias y niega la posibilidad de una conexión entre iguales. Hoy, en plena era de las redes sociales y la información instantánea, esa advertencia cobra una vigencia devastadora: la desinformación contemporánea no es más que la industrialización de la historia única.

En el ecosistema digital actual, el contenido no se distribuye por su veracidad o matiz, sino por su capacidad de generar indignación. Los algoritmos de las plataformas están diseñados para premiar el titular estridente y el sesgo de confirmación. En lugar de ofrecer un «equilibrio de historias», la arquitectura digital fragmenta la conversación pública en trincheras donde cada grupo consume una versión simplificada, caricaturizada y conveniente de la realidad. La desinformación moderna ya no requiere inventar mentiras complejas; basta con tomar un fragmento descontextualizado, repetirlo «una y otra vez, hasta que se convierte en eso».

En la Argentina, este fenómeno encuentra un terreno alarmantemente fértil. Atravesamos una conversación pública profundamente polarizada —la célebre «grieta»— donde la lógica de la historia única impera a diario. Basta scrollear unos minutos por X (Twitter), TikTok o Instagram para notar cómo se reducen debates socioeconómicos complejos a etiquetas binarias y eslóganes vacíos. El adversario político, el manifestante, el habitante del conurbano o el ciudadano del interior son encasillados bajo relatos unívocos que anulan cualquier matiz: el «choriplanero», el «facho», el «anti-patria».

Esta dinámica no es inocua. Tal como señalaba Adichie citando el término nkali («ser más grande que el otro»), el acto de contar una historia de manera hegemónica es un ejercicio de poder. Cuando caemos en la desinformación y compramos relatos cerrados sobre quienes piensan distinto, el tejido social se degrada. Nos volvemos incapaces de reconocer las fallas propias y las virtudes ajenas. Se pierde la capacidad de empatía y, con ella, la posibilidad de construir consensos básicos.

Desarticular la desinformación no es solo una tarea de chequeo de datos (fact-checking) o de regulación tecnológica; es, fundamentalmente, una actitud crítica frente al consumo de información. Exige la honestidad intelectual de dudar de aquello que confirma nuestros prejuicios y la curiosidad de buscar otras voces. Como sociedad, debemos rechazar la tentación del consumo rápido y confortante que ofrecen las cámaras de eco digitales.

Recuperar el valor de la complejidad, cuestionar las narrativas absolutas y exigir un periodismo y un debate público que abra ventanas en lugar de levantar muros es el verdadero desafío de nuestro tiempo. Solo cuando rechazamos la historia única y abrazamos la pluralidad de relatos que conforman nuestra Argentina, recuperamos la dignidad colectiva y el respeto por nuestra intrínseca diversidad.

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