Hay temas de los que cuesta hablar porque nos quieren convencer de que la economía es una ciencia reservada solo para eruditos de corbata en Wall Street. Nos tiran términos técnicos por la cabeza para que no entendamos. Pero hoy vamos a traducir lo que está pasando en los pasillos del Banco Central, porque no es una clase de finanzas: es el patrimonio de todos los argentinos.
Hablemos del oro.
El oro no es un activo financiero cualquiera. No es una acción que cotiza en la bolsa y mañana desaparece. El oro es la reserva ancestral de la humanidad; es el refugio de los países cuando las tempestades globales se desatan. De hecho, desde la crisis de 2008 hasta hoy —y con más fuerza tras la pandemia—, los bancos centrales de todo el planeta están haciendo exactamente lo mismo: acumular oro y guardarlo bajo siete llaves. Reducen sus dólares, compran lingotes y los protegen.
Todos… menos el Banco Central de la República Argentina.

En los últimos días, las revelaciones del economista Diego Giacomini —alguien que conoce muy bien al entorno presidencial— nos dejan ante un escenario escalofriante. La operación que acaba de costarle al país una pérdida brutal de más de 1.000 millones de dólares no fue una estrategia inocente. Fue, lisa y llanamente, una timba financiera con las reservas de la Nación.
«Tener oro en las bóvedas sin que rinda
no sirve de nada, hay que hacerlo trabajar».
Recordemos las palabras del propio ministro Caputo en 2024: «Tener oro en las bóvedas sin que rinda no sirve de nada, hay que hacerlo trabajar». Bueno… lo hicieron trabajar. ¿Y qué hicieron? Salieron a apostar en el mercado de opciones al cortísimo plazo. Un mercado que cualquier especialista define como un azar absoluto, un paso aleatorio. Apostaron a que el precio del oro iba a bajar cuando todo el planeta sabe que, en el mediano y largo plazo, el oro siempre sube.
Vendieron coberturas, cobraron una prima a cambio de comprometerse a entregar el oro argentino a un precio fijo y barato si la cotización volaba. Y el oro, como era obvio, voló. ¿Qué pasó después? Quienes compraron esos contratos fueron corriendo a las ventanillas del Banco Central a exigir su ganancia. Compraron barato lo que en el mercado valía una fortuna, se dieron vuelta y se llenaron los bolsillos.
Ahí es donde la discusión pasa de la negligencia al escándalo.
Si esto fue un «error técnico», estamos en manos de novatos con una torpeza sideral que deberían ser relevados de sus cargos de inmediato por jugar a la ruleta rusa con el tesoro público.
Pero si no fue torpeza… la pregunta que pica en el aire es mucho más oscura: ¿Quiénes fueron los contrapartes de ese negocio? ¿Quiénes se quedaron con la diferencia millonaria que perdió la Argentina? ¿Fue pura ignorancia o un traje a medida para beneficiar a amigos del poder?
Cuando la política confunde la administración de un país con un casino de especulación, los platos rotos nunca los pagan los funcionarios. Los paga la gente. Nos dijeron que venían a cuidar las cuentas públicas, pero terminaron apostando las joyas de la abuela en una mesa de póquer… y perdieron.
terminaron apostando las joyas de la abuela
en una mesa de póquer… y perdieron



