Ayer el presidente dio una entrevista y quedó expuesto un patrón que ya resulta imposible de disimular: la desconexión absoluta con la realidad económica del país.
No es una opinión, es una descripción. Basta con escuchar la entrevista completa para entender que asistimos a un verdadero festival de negaciones, un festival de piruetas discursivas para vestir de éxito lo que los números oficiales muestran como fracaso.
Empecemos por lo más simple: la actividad económica. El propio INDEC lo confirmó hace pocos días. En julio la economía cayó 2,9% respecto a junio. Hay que remontarse seis años para encontrar una caída mensual tan pronunciada. Y en lo que va del año, ya acumula una baja del 4%. Esos son los números oficiales, los mismos que el gobierno usó durante dos años y medio para hacer bandera de su gestión. Ahora, cuando le juegan en contra, de repente «los ponderadores dan cualquier cosa». El indicador es el mismo. Lo único que cambió es si el resultado conviene o no.
Y no termina ahí. La pobreza trepó al 32,3%: siete puntos más que hace un año, tres millones de nuevos pobres, diez mil personas por día cruzando esa línea. ¿La respuesta presidencial? Que es «una foto vieja». La misma medición semestral que meses atrás celebraba como éxito, hoy es, según él, un dato que ya caducó.
Después vino el tramo más inquietante de la entrevista: treinta mil terroristas. Así, textual. Diez mil deportados el año pasado, veinte mil este año. Ni una prueba, ni una fuente, ni una sola noticia previa que respalde semejante cifra. Es difícil no preguntarse qué país está describiendo el presidente cuando arroja un número de esa magnitud sin que exista un solo dato público que lo sostenga.
Y mientras tanto, el mercado —ese mismo mercado que el gobierno dice representar— no está tranquilo. El riesgo país subió de 400 a 610 puntos en apenas un mes y medio. JP Morgan, el banco que meses atrás movilizó a su plana mayor para respaldar el modelo, tituló su último informe con una frase que lo dice todo: la economía argentina se achica. Bajó su proyección de crecimiento de 2,7% a 1,5%. La inversión cayó 8,1% en julio, por debajo de Perú y de Chile.
Frente a todo esto, el presidente elige un camino conocido: si el dato es malo, el problema es el termómetro. Y cuando ni eso alcanza, aparece la carta de los enemigos externos, de las conspiraciones, de las bases militares. La Quinta de Olivos convertida en «base militar» no por amenazas internacionales, sino —ya lo sabemos— por una denuncia de compras irregulares que involucra pancitos caseros, no terroristas infiltrados.
Un presidente puede equivocarse. Puede incluso discutir con los datos. Pero cuando la negación se vuelve sistemática, cuando cada número adverso se transforma en una conspiración, lo que está en juego ya no es un debate económico. Es la relación misma del poder con la realidad.



