Hoy nos toca poner la mirada sobre una realidad que ya no se puede tapar con discursos ni con relatos de redes sociales: el mercado laboral en la Argentina se rompió. Los últimos datos del INDEC y un durísimo informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) confirman lo que la calle grita a diario. Estamos ante un modelo económico que avanza destruyendo sistemáticamente a la clase media y ampliando, de forma escandalosa, la brecha entre ricos y pobres.
La estrategia oficial no genera puestos genuinos; lo que hace es ajustar por calidad. Entre el primer trimestre de 2024 y este arranque de 2026, la mal llamada «flexibilización» destruyó 246 mil empleos registrados, protegidos y en blanco. ¿Con qué se llenó ese vacío? Con un boom de la informalidad absoluta: más de 600 mil empleos en negro, changas de subsistencia y un «rebusque de plataformas» que maquilla los índices de desempleo, pero condena al laburante a la desprotección total. La tasa de informalidad ya trepó al 44,2%. Cuatro de cada diez trabajadores en este país no tienen obra social, vacaciones pagadas ni paritarias.
Pero este drama nacional golpea con especial saña en el interior profundo, y nuestra provincia, La Rioja, es un fiel reflejo de este desguace. Históricamente dependiente de la obra pública, de los recursos federales que hoy Nación retiene ilegalmente, y de un parque industrial que supo ser orgullo de la región, La Rioja sufre hoy el ahogo financiero de un gobierno central que se desentiende del mercado interno.
¿Qué pasa cuando se frenan las obras en nuestros departamentos? ¿Qué pasa cuando la recesión golpea a las fábricas de nuestro Parque Industrial? Lo que queda es la precarización. El obrero textil o de la construcción que antes tenía un sueldo digno, hoy engrosa las filas del monotributo de supervivencia o sale a pedalear para una aplicación de delivery. Los ingresos se licuaron frente a la inflación y la devaluación. Hoy, el empleado municipal o el provincial termina su turno y tiene que salir corriendo a manejar un Uber para poder llevar un plato de comida a la mesa. Las maestras riojanas tienen que hacer doble turno para rozar la canasta básica. El coche propio, las vacaciones o el sueño de la casa propia pasaron de ser conquistas históricas de la movilidad ascendente a transformarse en utopías inalcanzables.
La clase media, esa que definió la identidad de la Argentina, está dejando de ser necesaria para este esquema de ultraderecha. Nos empujan a un escenario polarizado: un puñado de sectores mega concentrados y exportadores que ganan en dólares, frente a una inmensa masa de trabajadores empobrecidos, precarizados y sin derechos.
No es un error de cálculo; es el diseño explícito de un modelo que pulveriza el consumo interno y rifa la paz social. Desde los micrófonos de esta emisora nos preguntamos: ¿hasta cuándo puede sostenerse un país donde trabajar ya no es garantía de salir de la pobreza? La Rioja resiste, pero el tejido social tiene un límite. Y ese límite se está cruzando.
