Hoy ponemos la mirada sobre un fenómeno silencioso, pero de un impacto tan profundo que cambiará para siempre el tejido social y económico del mundo, y de nuestra propia tierra. Hablamos de la crisis de la natalidad; lo que muchos expertos ya denominan «el colapso de la fertilidad».
El informe reciente publicado por Financial Times, expone un panorama alarmante. Lo que comenzó como una preocupación en economías desarrolladas —como la dramática escasez de nacimientos en Australia o los preocupantes índices de Corea del Sur, donde la tasa de fecundidad cayó a un histórico cero coma setenta y cinco hijos por mujer— ha dejado de ser una realidad lejana. El invierno demográfico ha cruzado fronteras e ingresó de lleno en la República Argentina, registrando un desplome histórico de nacimientos. Para que una población se mantenga estable sin depender de las corrientes migratorias, se necesita una tasa de reemplazo de dos coma un hijos por mujer. En nuestro país, esa cifra ya se proyecta de apenas uno coma cuatro.
Y si pensamos que este es un problema exclusivo de las grandes metrópolis como Buenos Aires, los datos locales nos obligan a despertar. El norte argentino, tradicionalmente caracterizado por familias numerosas, se encuentra hoy en el epicentro de esta transformación demográfica.
Vayamos a los números de nuestra región. Un contundente estudio del Observatorio de la Realidad Social y Educativa de la Universidad de Chilecito reveló que en la provincia de La Rioja el número de nacimientos cayó un cuarenta y tres coma dos por ciento entre los años 2014 y 2025. Una reducción drástica en tan solo una década. Si cruzamos a la vecina provincia de Salta, el panorama es aún más agudo: las autoridades encendieron las alarmas al confirmar que Salta lidera la caída con un derrumbe superior al cincuenta y dos por ciento en la última década, pasando de casi treinta mil nacimientos anuales a poco más de catorce mil.
¿Qué está pasando en los hogares riojanos y salteños? Las causas combinan transformaciones culturales y severas realidades económicas. El mayor acceso a la educación superior, la justa inserción de las mujeres en un mercado laboral altamente competitivo y la planificación familiar consciente juegan un rol clave. Pero no podemos ignorar el peso de la economía: el altísimo costo de la crianza, la inestabilidad laboral y la falta de redes de contención empujan a las nuevas generaciones a postergar o, definitivamente, cancelar el proyecto de la paternidad.
Las consecuencias ya no pertenecen al futuro; se sienten hoy. En Salta y La Rioja las matrículas de los jardines de infantes y salas de cinco años muestran aulas vacías, lo que obliga a la fusión de cursos. A largo plazo, una base poblacional cada vez más pequeña y una cima de adultos mayores cada vez más grande significará una preocupante escasez de población activa para sostener la economía y los sistemas de previsión social.
Estamos ante un momento bisagra. Revertir la tendencia es casi imposible, pero gestionarla es urgente. Se necesitan políticas públicas de vivienda, empleo y apoyo real a la crianza. Si no actuamos de forma mancomunada, el silencio de nuestras cunas terminará por apagar el motor de nuestro propio futuro.
Este análisis sobre el comportamiento demográfico de las nuevas generaciones puede complementarse con la entrevista realizada a Lorena Bolzón en Radio Mitre, donde se detalla con precisión por qué cada vez menos jóvenes en Argentina eligen formar una familia en el contexto actual.
