La educación argentina atraviesa una crisis profunda que ya no puede ocultarse detrás de estadísticas, discursos oficiales o calendarios escolares que prometen entre 180 y 190 días de clase por año. La realidad que viven miles de familias, docentes y alumnos muestra otra cosa: jornadas perdidas, contenidos fragmentados y una creciente sensación de que el sistema educativo no está respondiendo a los desafíos del presente.
En las escuelas de todo el país, y particularmente en La Rioja, es frecuente que los días efectivos de enseñanza se reduzcan considerablemente. Capacitaciones docentes realizadas en horario escolar, jornadas institucionales, fumigaciones, actos, aniversarios, ferias de ciencias, olimpiadas y múltiples actividades extracurriculares terminan afectando el tiempo destinado al aprendizaje. Muchas de estas iniciativas son valiosas y necesarias, pero cuando se acumulan sin una adecuada planificación terminan perjudicando a quienes deberían ser el centro del sistema: los estudiantes.
El problema, sin embargo, va mucho más allá de la cantidad de días de clase. La discusión debe centrarse en la calidad educativa y en la preparación de quienes tienen la responsabilidad de conducir las instituciones y enseñar en las aulas. El reconocido investigador canadiense Michael Fullan, especialista en reformas educativas, sostiene que ningún sistema educativo puede superar la calidad de sus docentes y directivos. Cuando la formación inicial resulta insuficiente y la capacitación continua no logra responder a las nuevas realidades sociales, aparecen las dificultades que hoy observamos diariamente.
El episodio de violencia ocurrido en la Escuela San Martín, donde una docente fue agredida por una madre, expone una problemática compleja. Nada justifica la violencia. Sin embargo, estos hechos también revelan el deterioro de los vínculos entre familias y escuelas, la pérdida de autoridad institucional y la falta de herramientas para resolver conflictos. En muchos casos, docentes y directivos se encuentran desbordados ante situaciones para las cuales no fueron preparados.
La situación es aún más evidente cuando se trata de alumnos con condiciones como TEA o TDAH. La inclusión educativa no puede limitarse a una declaración de principios. Requiere formación específica, recursos adecuados y estrategias pedagógicas que permitan atender la diversidad dentro del aula. Cuando esto no ocurre, sufren los estudiantes, las familias y también los propios docentes.
A esta realidad se suma una transformación tecnológica sin precedentes. La inteligencia artificial, la automatización y la digitalización están modificando la forma en que trabajamos, nos comunicamos y aprendemos. El filósofo y pedagogo español José Antonio Marina advierte que la escuela del siglo XXI no puede seguir preparando alumnos para el mundo del siglo XX. Lo mismo plantea el experto británico Ken Robinson, quien señalaba que los sistemas educativos tradicionales fueron diseñados para una realidad industrial que ya no existe.
Por eso resulta urgente una actualización profunda de los contenidos curriculares, de las metodologías de enseñanza y, especialmente, de la formación docente. No se trata simplemente de incorporar computadoras o plataformas digitales. Se trata de enseñar pensamiento crítico, resolución de problemas, trabajo colaborativo, alfabetización digital y habilidades socioemocionales.
La educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar una sociedad. Pero para que cumpla ese papel es necesario asumir que los problemas existen y que las reformas ya no pueden esperar. Si no somos capaces de modernizar el sistema educativo, mejorar la formación de quienes enseñan y garantizar que cada día de clase sea realmente un día de aprendizaje, será muy difícil construir una Argentina y una Rioja con mayores oportunidades para las próximas generaciones.

