A un año y medio de las elecciones, el clima político argentino ya empezó a calentarse. No es casual: el oficialismo enfrenta señales de desgaste, sobre todo en el plano económico. El texto plantea con claridad una idea central: el modelo actual muestra límites concretos. La falta de reactivación, la dependencia del financiamiento externo y un contexto internacional menos favorable —con un Donald Trump condicionado por conflictos globales— hacen que ya no haya margen para repetir los mismos salvatajes financieros que sostuvieron al gobierno en su etapa inicial.
En ese escenario, la consecuencia lógica es la tensión interna. Cuando un modelo económico pierde capacidad de dar resultados, aparecen disputas, se exponen conflictos y crecen las denuncias. Pero también ocurre algo igual de importante: la oposición empieza a moverse antes de lo previsto. Y ahí entra el peronismo, que atraviesa su propio dilema.
El punto más interesante del análisis gira en torno a una definición clave planteada por Axel Kicillof: antes de discutir candidatos, hay que discutir un programa. No es una frase menor. Es, en el fondo, una autocrítica a experiencias recientes del propio espacio, donde la unidad se logró más por nombres que por acuerdos sólidos sobre qué hacer en el gobierno.
Ese problema sigue vigente. Hoy el peronismo aparece fragmentado, con múltiples figuras en danza —desde Cristina Fernández de Kirchner hasta dirigentes como Juan Grabois— pero sin una síntesis clara. Algunos sectores plantean la necesidad de sostener el equilibrio fiscal; otros proponen un giro más distributivo, con reformas impositivas y políticas de acceso a la tierra y la vivienda. Esa tensión no es menor: define qué tipo de país se quiere construir.
El riesgo es repetir errores. El texto lo sugiere con crudeza: cuando no hay programa, los gobiernos pueden ganar elecciones, pero después fracasan en la gestión. Por eso la discusión de fondo no debería ser “quién”, sino “para qué”.
Ahora bien, si ese debate ya es complejo a nivel nacional, en las provincias —como La Rioja— el desafío es aún más concreto. El peronismo local también deberá ordenar su interna y, sobre todo, construir una propuesta clara de cara a 2027. No alcanza con nombres para la gobernación o la intendencia de la capital. Sin un proyecto definido, cualquier candidatura queda vacía.
La incertidumbre es doble: por un lado, quiénes serán los candidatos; por otro, y más importante, qué van a proponer. ¿Habrá un modelo de desarrollo provincial? ¿Se priorizará la obra pública, la producción, el empleo? ¿Cómo se va a articular con un contexto nacional que puede ser adverso?
Ahí está el núcleo del problema. La política, tanto a nivel nacional como provincial, parece todavía atrapada en la lógica de las personas, de las internas y de las alianzas tácticas. Pero la sociedad empieza a demandar otra cosa: claridad, previsibilidad y un rumbo.
En definitiva, el escenario está abierto. El oficialismo llega con dificultades, la oposición con oportunidades, pero también con deudas propias. El peronismo, si quiere volver a ser competitivo, necesita ordenar su identidad, definir un programa consistente y recién después discutir liderazgos. Lo mismo vale para La Rioja: sin una propuesta concreta, no habrá candidato que alcance.

