El gobierno insiste en una idea que suena lógica: abrir las importaciones va a beneficiar a la gente porque los productos llegan más baratos. En teoría, más competencia debería significar mejores precios. Pero cuando se mira lo que realmente está pasando, aparecen dudas importantes.
Un informe reciente de los economistas Martín Shor y Gustavo García Zanotti muestra algo clave: muchas de las empresas que antes producían en Argentina ahora dejaron de fabricar y se pasaron a importar. Y lo más llamativo es que no están trasladando todo el ahorro al consumidor.
El ejemplo de los termos es muy claro. Importar un termo desde China puede costar alrededor de 8.000 pesos ya puesto en el país, con impuestos incluidos. Sin embargo, ese mismo producto se vende en el mercado a 45.000 pesos o más. Es cierto que hay costos de logística, distribución y comercialización, pero la diferencia sigue siendo enorme. Eso indica que hay márgenes de ganancia muy altos.
Lo mismo pasa con otros productos, como ollas, zapatillas o electrodomésticos. En muchos casos, el precio al que se venden duplica o incluso multiplica varias veces el costo de importación. Entonces surge una pregunta simple: si los productos son más baratos de traer, ¿por qué no bajan mucho más los precios?
La respuesta parece estar en quién se queda con esa diferencia. Según el informe, las empresas aprovechan su estructura ya armada —marcas conocidas, redes de venta, clientela fiel— para seguir dominando el mercado. Antes ganaban produciendo; ahora ganan importando. Pero el resultado es parecido: el margen grande queda en manos de las empresas, no del consumidor.
Además, este cambio tiene otro costo que muchas veces no se menciona: el empleo. En varios casos, las empresas redujeron personal o directamente cerraron líneas de producción para pasar a importar. Es decir, hay trabajadores que pierden su trabajo en nombre de una supuesta mejora de precios que, en la práctica, no es tan significativa.
El propio discurso oficial plantea dos caminos: empresas que cierran porque no pueden competir o empresas que se adaptan. Pero la adaptación que se está viendo no siempre implica más eficiencia o innovación, sino simplemente cambiar la producción por la importación.
Incluso cuando los precios bajan un poco en términos reales, hay que mirar el contexto. Si una persona pierde su empleo o ve caer su poder adquisitivo, ese “abaratamiento” pierde sentido. Un producto puede ser más barato que antes, pero sigue siendo inaccesible si no hay ingresos suficientes.
En definitiva, la apertura importadora no es automáticamente buena o mala. Depende de cómo se implemente y de quién se beneficie. Hoy, los datos sugieren que el principal beneficio no está llegando de forma directa al consumidor, sino que queda concentrado en las empresas que manejan el negocio.
Por eso, más allá del discurso, la discusión de fondo es otra: no solo cuánto cuestan los productos, sino quién gana con ese cambio y quién paga el costo.

