Para qué el ajuste, el sacrificio, si no hay trabajo y no mejora la situación?
Desde el inicio el gobierno nacional se erigió como los super funcionarios que mágicamente vinieron a solucionar los problemas de la gente. Y cuando alguien se animaba a cuestionarlos, era insultado por burro, como mínimo. Celebrando cada mes la baja de la inflación y festejando como si fuera la final de un campeonato de fútbol. Eso puede ser efectivo cuando es momentáneo. El problema es cuando el discurso artificial quiere mantenerse en el tiempo. Allí las cosas cambian.
La inflación no afloja. Y cuando la inflación no baja, pero los salarios quedan congelados y el trabajo empieza a faltar, el impacto se siente el doble. Se siente en la mesa familiar, en el almacén del barrio, en la factura de la luz o del gas. Se siente, sobre todo, en la incertidumbre cotidiana.
Los números son claros. Por noveno mes consecutivo la inflación no logra perforar el piso del mes anterior. Desde mayo del año pasado, cuando después de un shock económico se registró una baja momentánea, la curva dejó de descender y comenzó a subir lentamente. Junio marcó 1,6%, julio 1,9%, agosto 1,9%. Después vino un nuevo golpe: 2,1%, 2,3%, 2,5%, 2,8%… hasta llegar al 2,9% en enero y nuevamente 2,9% en febrero. Una cifra que, además, ni siquiera incluye el impacto de los aumentos de combustibles que llegaron en marzo tras la escalada internacional del precio del petróleo en medio del conflicto bélico en Medio Oriente.
Y marzo, históricamente, es un mes inflacionario. Empiezan las clases, suben útiles, transporte, alimentos, servicios. Este año, además, se suma el impacto internacional de la guerra y el encarecimiento de la energía. Todo indica que el índice será incluso más alto.
Pero hay un dato todavía más preocupante: la llamada inflación núcleo. Es decir, los precios que suben por inercia, sin depender de factores estacionales o regulados. Esa inflación, la que refleja el corazón del problema económico, ya se mueve por encima del 3% mensual. Y eso ocurre incluso con un dólar artificialmente planchado, con apertura de importaciones y con políticas que buscan frenar los precios a cualquier costo.
Aun así, Argentina sigue siendo uno de los países con mayor inflación del planeta. Solo Venezuela muestra cifras superiores en la región. Mientras tanto, países vecinos como Uruguay, Chile, Paraguay o Perú registran índices que parecen de otro mundo comparados con los nuestros.
Y cuando la inflación no baja, el contrato social que muchos estaban dispuestos a tolerar empieza a resquebrajarse. Hubo quienes aceptaron el ajuste, la caída del salario, el recorte a jubilados o el deterioro de servicios públicos con una condición: que la inflación bajara. Pero si esa promesa no se cumple, todo el resto empieza a ser cuestionado.
En ese contexto crece el malestar social. En distintas provincias del país ya se multiplican movilizaciones y protestas de trabajadores, jubilados y sectores golpeados por la crisis. El clima social empieza a tensarse. Algo que incluso había anticipado el gobernador riojano Ricardo Quintela, quien advirtió hace meses que el rumbo económico podía derivar en un escenario de conflictividad creciente.
Las provincias, además, atraviesan una situación financiera cada vez más compleja. Con menos recursos y mayor presión social, gobiernos como el de La Rioja se ven obligados a recortar gastos en todas las áreas para sostener el funcionamiento básico del Estado. Y lo más preocupante es que el panorama no parece mejorar en lo que queda del año.
Por eso la pregunta empieza a aparecer cada vez con más fuerza en la calle. Una pregunta sencilla, pero poderosa. Si la inflación no baja, si el trabajo no aparece y si el sacrificio no trae resultados… ¿para qué sirvió todo este ajuste?
Porque cuando la economía aprieta demasiado, la paciencia social tiene un límite. Y ese límite empieza a sentirse.
Y sentimos que «estamos al borde de la cornisa, casi a punto de caer».
