Hay un interrogante clásico de la teoría política y la filosofía de la historia: ¿son los individuos quienes hacen la historia o son las fuerzas estructurales las que determinan el rumbo de los acontecimientos? Esta tensión atraviesa toda la discusión y ordena el análisis de tres fenómenos contemporáneos: la caída de Viktor Orbán en Hungría, el desgaste de Donald Trump en su segundo mandato, y los primeros 100 días de gestión de Sadiq Khan—aunque en también podemos referir a una figura progresista en Nueva York—como contracara política.
Es menester considerar el modelo político de Orbán. No es una dictadura clásica, sino un “régimen híbrido”: una democracia formal donde las instituciones existen, pero han sido vaciadas de contenido. Este concepto es central para comprender buena parte del auge de las nuevas derechas a nivel global. La estrategia no consiste en suprimir elecciones, sino en rediseñar las reglas del juego: de las instituciones, del poder judicial, colonización de organismos de control, presión indirecta sobre los medios y construcción de una hegemonía cultural basada en valores conservadores. Es un modelo sofisticado de erosión democrática “desde dentro”, que ha sido replicado —con matices— en otros países.
La derrota de Orbán, en este marco, es algo más que un recambio electoral: es la interrupción de un experimento político que había demostrado ser eficaz para sostenerse en el tiempo. Sin embargo, existe un matiz clave: quien lo sucede no representa necesariamente una ruptura ideológica total, lo que sugiere que las transformaciones pueden ser más graduales que disruptivas.
En paralelo, la mirada sobre Trump aporta otra dimensión: la resiliencia de los liderazgos en contextos de polarización extrema. A pesar de indicadores negativos —caída en la aprobación, fracasos en política exterior, tensiones con Irán—, su base electoral permanece relativamente intacta. Aquí aparece un concepto relevante: la “cristalización identitaria” del electorado. Los hechos objetivos pierden capacidad de persuasión frente a marcos interpretativos preexistentes. En otras palabras, la política deja de ser una disputa por la verdad para convertirse en una disputa por la pertenencia.
Este fenómeno tiene implicancias directas para países como Argentina, donde la figura de Javier Milei aparece en una dinámica similar de desgaste sin colapso. La caída en la popularidad no implica necesariamente una transferencia automática de apoyo hacia la oposición, lo que abre interrogantes sobre la capacidad del sistema político para generar alternativas competitivas.
En contraste, la experiencia del progresismo —representada por la gestión municipal en Nueva York— muestra los límites estructurales del poder incluso en contextos favorables. Las expectativas de transformación chocan con la complejidad institucional, los intereses económicos y la fragmentación del poder. Gobernar, no es ejecutar un programa ideal, sino negociar constantemente con restricciones materiales y políticas.
¿Estamos ante un cambio de ciclo histórico? La respuesta queda deliberadamente abierta. Hay indicios de desgaste en los liderazgos de derecha, pero no una ruptura clara del paradigma. Del mismo modo, las alternativas progresistas no logran consolidar modelos superadores.
A modo de conclusión retomamos una idea cercana al existencialismo de Jean-Paul Sartre: los individuos actúan dentro de condiciones heredadas, pero siguen siendo responsables de sus decisiones. En clave política, esto implica que ni los líderes ni las estructuras, por sí solos, explican el presente. Es en la interacción entre ambos donde se define el rumbo histórico.
Así, más que un cambio de época, lo que emerge es un escenario de disputa abierta, donde el desenlace dependerá tanto de la capacidad de los actores políticos como de las tensiones profundas que atraviesan a las sociedades contemporáneas.
