Hay historias de amor que atraviesan el tiempo sin perder intensidad. Entre ellas, pocas alcanzan la belleza, la ironía y la profundidad de Cyrano de Bergerac, la célebre obra del dramaturgo francés Edmond Rostand que sigue conmoviendo tanto a quienes la leen como a quienes la descubren en el teatro o en el cine. Recomendar esta obra hoy no es un gesto nostálgico, sino una invitación a redescubrir una de las historias de amor más poderosas jamás escritas.
La trama gira en torno a Cyrano, un hombre brillante, poeta, espadachín, músico y pensador, pero atormentado por un complejo: su enorme nariz. Ese rasgo físico, que él mismo exagera con humor y valentía, lo convence de que nunca podrá ser amado por Roxana, la mujer a la que adora en silencio. Así, decide ayudar a otro hombre, el apuesto pero torpe Christian, prestándole sus palabras para conquistarla. Cyrano renuncia al amor visible para vivirlo desde la sombra, convirtiendo su sacrificio en una de las más nobles expresiones del romanticismo literario.
La obra destaca por su extraordinario contenido literario. Rostand construye diálogos cargados de poesía, duelos verbales memorables y monólogos que atraviesan la emoción, el humor y la tragedia. Cyrano no sólo combate con espada, también con inteligencia y sensibilidad. Cada escena está atravesada por reflexiones sobre el honor, la belleza interior, la dignidad y el orgullo.
El final de la obra es, probablemente, uno de los más conmovedores del teatro universal. En sus últimos momentos, Cyrano imagina que un rayo de luna viene a buscarlo y anuncia su partida hacia “la luna opalina”. Allí, dice, encontrará a espíritus nobles como Sócrates y Galileo. Es una despedida poética que resume su vida: un hombre que lo hizo todo —filósofo, poeta, espadachín, músico y matemático— pero que, al mismo tiempo, no obtuvo el amor que anhelaba.
En ese tramo final, Cyrano se enfrenta simbólicamente a sus viejos enemigos: la mentira, la cobardía y los compromisos. Aunque sabe que la batalla es inútil, decide luchar igual, porque —como afirma— “es más bello romper inútiles valladares”. Esa declaración convierte su despedida en un acto de dignidad absoluta. Todo puede serle quitado —el laurel, la rosa, los triunfos—, pero hay algo que nadie podrá arrebatarle. Ante la pregunta de Roxana, responde con la palabra que resume su esencia: su orgullo.
La vigencia de esta obra también se explica por sus múltiples versiones. Puede disfrutarse en su forma original, en montajes teatrales contemporáneos o en adaptaciones cinematográficas como la clásica película Cyrano de Bergerac protagonizada por Gérard Depardieu, o la reinterpretación musical Cyrano, que vuelve a poner en primer plano el amor imposible y la belleza del lenguaje.
Leer, ver o volver a escuchar Cyrano de Bergerac es reencontrarse con una historia donde el amor no se mide por la conquista, sino por la entrega. Cyrano ama sin esperar recompensa, escribe sin firmar y muere sin reclamar. Pero su palabra —y su orgullo— permanecen intactos. Por eso, más de un siglo después, su voz sigue emocionando como si hablara por primera vez bajo esa inolvidable luna opalina.

Perdón, no puedo hacer esperar al rayo de luna que me viene a buscar
Voy a subir allí, a la luna opalina.
Más de un alma noble
hallaré en mi paseo.
Encontraré a Sócrates y a Galileo.
Filósofo, poeta
espadachín y dramático
y músico y también matemático.
Con su nariz y su espada
amó mucho. No por su bien.
Aquí yace Hércules Savinien
de Cyrano de Bergerac.
Lo hizo todo
y no hizo nada.
Pero ahora me voy, perdón,
no puedo hacer esperar
al rayo de luna
que me viene a buscar.
¡No me sostengáis, no!
¡Sólo los árboles!
Ahí llega
me siento ya entre los mármoles,
forrado de plomo.
Puesto que el fin es tan cercano, iré a
buscarlo con la espada en la mano.
¿Qué decís? ¿Que es inútil?
Ya lo sé.
Esta vez me bato sin saber por qué.
Es más bello romper
inútiles valladares.
¿Quiénes son todos esos?
Sois millares.
Ahora os reconozco. Sois mis viejos
enemigos que me lanzáis avisos…
La mentira, la cobardía,
¡los compromisos!
Ya sé que finalmente
conmigo vais a acabar.
No importa,
¡a luchar, a luchar, a luchar!
Sí, todo me lo quitaréis,
el laurel y la rosa.
Lleváoslos
pero me queda una cosa
que me llevo.
Cuando entre en la casa de Dios
brillará intensamente
mientras diga mi adiós
algo que inmaculado, meteré
en un arrullo y me
lo llevaré para siempre
Y es…
– Roxana – ¿Qué es?
– Cyrano – Mi orgullo.
